Publicado el Viernes 07 de marzo de 2008
  Edición No. 938
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POR LA SOMBRITA
¿Sabe usted dónde están sus padres?

Usted piensa que sus niños hacen travesuras a sus espaldas, ni se imagina la situaciones de peligro a las que se exponen los adultos mayores cuando no los vemos.

Roxana MuÑoz
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Los que nacimos antes de 1980 recordamos aquel anuncio 'social' que las televisoras pasaban a eso de las 8:00p. m. ó 9:00 p. m. , en el que una voz fuerte recriminaba: ‘Padre de familia, ¿sabe usted dónde están sus hijos?’.

Enseguida se escuchaba en el barrio: '¡Junierrrrrrrrrrrr!', '¡Cuqui, ven para adentro!'. Los padres se apuraban a recoger sus retoños para evitarse un lío con la batida y la guardia.

Esos Junier y Cuqui que ya crecieron, tienen ahora que preocuparse —aunque sin anuncio televisivo— por sus propios hijos, pero también por sus padres.

Hace unos meses caminaba yo por el centro comercial de Obarrio (donde mucho antes estaban los cines), cuando una señora que me recordó a mi abuela me llamó:

—‘¿Mijita, usted va a cruzar la calle?’. Le dije que sí. Se aferró a mi brazo como una tabla de salvación.

Después de cruzarla en esa peligrosa intersección con Vía Brasil y Vía España, me contó que se acababa de caer tratando de cruzar esa misma calle —tragué en seco—. Gracias a Dios no venían carros y unos estudiantes la ayudaron a levantarse y la llevaron hasta la acera donde nos habíamos encontrado.

Ella había venido desde Cerro Viento con una plancha para cambiarla en un local comercial cercano. Su hija le había dicho que le iba a hacer ese favor, pero ella no quería molestar a su hija que estaba ‘trabajando mucho’. Por no 'molestar' estuvo a punto de ser atropellada. Me sentí en la obligación de reprender a la señora, pero el susto que le vi en los ojitos ya era suficiente.

Me confesó: ‘si mi hija supiera esto, se muere’.

Esta otra historia me la contaron: Una señora le comentaba a otra cómo todos los miércoles se iba hasta Santa Ana a buscar sus numeritos. A pesar de que su hijo insistía en que podía comprárselos, prefería hacerlo ella misma, y de paso ir un ratito a un casino donde se quedaba entre dos y tres horas cada miércoles. Por supuesto, su hijo no sabía nada.

Estando en urgencia hace unos meses presencié la llegada de unos nietos angustiados con su abuelita, que se había caído de una silla de otro casino. Los pobres se veían avergonzados tratando de explicar esta situación al doctor.

Las tres historias que acabo de contar pueden pasarnos a todos. Mi intención no es hacer una lista de hijos irresponsables.

Quienes tenemos papás mayores, debemos prestarles más atención de la que imaginamos; respetar su independencia, pero no descuidar sus necesidades: nos parece tonto que quieran ir a la botica, al mercado o que necesiten viajar hasta Calidonia para buscar un billete de lotería, para ellos eso es importante, debemos aceptarlo y apoyarlos para limitar las situaciones de peligro.

¿Con cuánto amor no hicieron ellos lo mismo por nosotros?

Por otra parte, lo último que yo quisiera es alcanzar los 70 años —¡todo un logro!— y que nietos o sobrinos me estén diciendo: ‘abuela, no barra', 'abuela, no salga', '¡abuela, no se agache!''. El constante regaño lleva al temor y a actuar a escondidas. Y no dejarlos hacer es condenarlos a la inutilidad. Eso acaba a cualquier persona.


 
 
 
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