Publicado el Viernes 11 de abril de 2008
  Edición No. 943
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DIARIO DE MAMA

El incidente del arroz con cacao
Julieta de Diego de Fábrega

Hace veintipico de años viví en Estados Unidos. Una de mis hermanas y su esposo vivían en la misma ciudad. Él es goloso y le encanta el dulce, y aunque creo que hoy en día lo come poco por aquello de que hay que mantener la línea, en los años de juventud nadie pensaba tanto en eso.

En una ocasión mi mamá me fue a visitar y durante su estadía mi cuñado le pidió que le hiciera arroz con cacao. Para los que no saben, es como arroz con leche pero de chocolate, y hay que comérselo con leche de coco para rematar. La verdad sea dicha: es una delicia, a la vez que un pecado mortal.

Mi mamá, como buena suegra, dijo ‘por supuesto, te haré arroz con cacao’. Sin embargo, en ese momento tenía ya varios años de no preparar el manjar así es que partamos de la premisa que se cocinaría ‘al ojo’. En mi casa no había ni muchas ollas ni muchos recipientes, porque mi estadía era temporal. Había suficientes para sobrevivir y ya.

Empezamos el proyecto y lo primero que tuvimos que decidir fue qué cantidad se iba a hacer. Allí fue donde entró también la falta de memoria de mi mamá, que no podía decidir qué cantidad de arroz cocinar. Y digo falta de memoria porque en ningún momento recordó que el arroz debe cocinarse tanto que casi cuatriplica su volumen. Digamos que partir de una taza de arroz crudo puede complacer el paladar de decenas de personas.

Echó no sé, dos tazas y media, y al verlas en la olla dijo, ¡qué va, muy poquito! Para no aburrirlos, fue aumentando la cantidad hasta que la bolsa completa de cinco libras quedó en la olla. Todo bien por unos minutos hasta que aquella mezcla empezó a crecer y cobrar vida propia.

Cuando vimos que ya estaba a punto de desbordarse sacamos como la mitad y la pusimos en otra olla, pero no habían pasado ni cinco minutos cuando ambas ollas empezaron a mostrar signos de capacidad insuficiente.

Volvimos a dividir, pero se podrán imaginar que ya en ese momento las ollas de tamaño mediano-grande se habían terminado, así es que la división ocupó un par de ollas pequeñas y un par de vasijas de plástico vacías —que tendríamos que terminar de cocinar posteriormente–. Pero ahí no termina la cosa.

El arroz seguía creciendo y creciendo como aquellas gelatinas extraterrestres que solían aparecer en las películas de horror de la década del 60. Nosotras seguíamos sacando y sacando hasta que agotamos todas las vasijas que había en mi casa. Lo único que quedó sin usar fue el tanque para pañales que había en el cuarto de mi hija de meses.

Pasaban las horas y nosotras seguíamos en la faena, porque una vez terminada una tanda nos tocaba continuar con la próxima y la próxima y la próxima. Al final del día teníamos 700 recipientes llenos ‘hasta la zapatilla’ de arroz con cacao que no sabíamos quién se iba a comer, porque que a uno le guste es una cosa, pero que tenga que disponer de cinco galones es otra.

Y nosotras mirando la producción desde una distancia prudencial, agotadas y vueltas una etcétera porque en medio de todo había que atender a mi hija que todavía requería los cuidados propios de una bebé de poco menos de un año.

En mi refrigeradora por supuesto no cabía el inventario, así es que tuvimos que llamar a mi hermana y a mi cuñado para que vinieran a buscar su parte. Esa noche nos reímos como locos y comimos hasta hartarnos. El único problema fue que poco tiempo después tuve que mudarme de estado y mandé al solicitante original todo lo que quedaba en mi refri. A Dios gracias él encontró un compañero de universidad tan goloso como él que de muy buena gana recibió buena parte de la remesa.

Se podrán imaginar que desde ese día, cuando me preparo para hacer arroz con cacao o su primo el arroz con leche, me encomiendo a todos los santos, no vaya a ser que me dé amnesia parcial y decida cocinar cinco libras de arroz.


 
 
 
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