Publicado el Viernes 11 de abril de 2008
  Edición No. 943
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POR LA SOMBRITA
Llevando mal el uniforme escolar

La escuela siempre va a tener reglas, de lo contrario no es escuela, y una de las diabluras favoritas de los estudiantes es romperlas.

Roxana Muñoz

Los estudiantes de hoy están suaves. Usan suéter polo, falda pantalón y hasta tienen día civil en los que se ponen camisetas con diseños rareza (lo equivalente, en mi tiempo a cool o pritty).

Mis profesores se habrían reído con la carcajada del barón Ashler (personaje malévolo televisivo de mis años escolares) si alguno de nosotros se hubiera atrevido a proponer semejantes cambios.

En mi escuela el uniforme se compraba allí, incluyendo los zapatos. Todas queríamos calzados Lorelai como los que anunciaba el reguesero o roquero de moda, pero no. A conformarnos con los guapotes (zapato horrible, cabezón, en panga).

Un compañero tuvo la buena suerte de que un ácido le cayera en el zapato y le abriera un hueco durante un laboratorio de química. Como era mitad de año y no había modelo de su talla en la tienda de la escuela, le permitieron comprar un modelo bien rareza en un almacén. Cómo lo envidiamos. Todos estábamos (jejeje) frotándonos las manos planeando un 'inesperado' accidente similar en la próxima clase, pero nunca volvimos a ver ese ácido.

Las niñas no podían usar polvo de cara, la falda debía ser dos dedos abajo de la rodilla, no se podía tener más de un anillo, los aretes debían ser chiquitos y ¡Ave María Purísima! que a nadie se le ocurriera hacerse bleach en los brazos o teñirse el pelo (se lo hacían pintar de negro).

En cuanto a los varones era prohibido tener el cabello largo. Afuera de la escuela había un señor que con una silla y una máquina de rasurar hacía japai cada vez que los profesores inspeccionaban. Cobraba como un dolar y así mismo (de a dolár) lucía el corte. Pero era eso o irse para la casa.

El uniforme de educación física de las niñas era un traje de una pieza blanco, con camisa y pantaloncito corto sobre el cual usábamos una falda como de tenista (aclaro que era a mediados de 1980, no los años de la década de 1930). Los niños de otras escuelas se iban al piso de la risa al vernos jugando voleibol con semejante atuendo arcaico. Las zapatillas tenían que ser completamente blancas, si tenían la punta de los cordones de otro color no lo dejaban a uno dar la clase.

Nunca tuvimos día civil, apenas el año después que me gradué empezaron a hacerse los famosos suéteres de graduandos con pifias. De todo el uniforme lo único que nos gustaba era la bata de laboratorio, que nadie se quería quitar después de la clase, nos hacía sentir grandes, importantes. Por supuesto, los profesores nos ordenaban guardarla si no estábamos en el laboratorio.

Teníamos nuestras mañas para trasgredir tantas reglas: nos embuchábamos las camisas, nos doblábamos las mangas, nos bajábamos las medias hasta abajo del tobillo para que se viera el huesito y al año siguiente inventábamos subirnos las medias hasta la rodilla (la regla era a media pierna).

Los varones se aflojaban la corbata, se sacaban la camisa, se achicaban la basta del pantalón (la moda era llevarlo justito, como boca de rifle). Ahora todo eso, las reglas y nuestra rebeldía, me da risa y nostalgia. Pero cuando veo a las niñas de mi escuela usar ropa de educación física de pantaloncillo y suéter, como todos los demás, me digo: ¡chiquillos, no saben de lo que se salvaron!


 
 
 
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