Publicado el Viernes 11 de abril de 2008
  Edición No. 943
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DIARIO DE MAMA

La etapa C
Julieta de Diego de Fábrega

Queridos lectores, antes que nada un millón de gracias por todos los mensajes de aliento que me han enviado, no he contestado todavía porque tuve problemas técnicos con mi computadora principal... no podía esperar menos... las computadoras tienen un cerebro especial que detecta cuando son más necesitadas y aprovechan justo ese momento para irse de vacaciones. Sin embargo, ya pronto pondré manos a la obra.

Tener cáncer no es algo que uno planea, ni mucho menos desea, pero cuando se tiene, se tiene y lo único que uno puede hacer es instruirse muy bien acerca del cuadro personal para poder tomar decisiones educadas, abrirle la puerta a Dios —aquellos que hasta el momento del diagnóstico lo han mantenido afuera bajo el aguacero— y caminar con aplomo hacia el futuro.

Con ustedes, amigos, he compartido de todo en los últimos 12 años. De su mano terminé de criar adolescentes, les he contado sobre mi infancia y juventud, sobre los momentos difíciles que pasé con la enfermedad de mi papá y una lista enorme de cosas.

Como comprenderán la etapa C no será un secreto. Lo que sí quiero que sepan de antemano es que aunque ocasionalmente les voy a dejar saber cómo estoy, por cuál estación voy y demás, no los voy a torturar cada semana con los cuentos de mi cáncer.

Porque a fin de cuentas el mundo no para de dar vueltas porque yo tenga esta enfermedad. Seguiré conociendo gente, seguiré escuchando a los pajarillos cantar en mi ventana —la misma desde la que escucho escándalos horribles de gente que sale de las discotecas al amanecer—, seguiré riendo cuando las situaciones así lo ameriten —que en mi libro es a menudo— y, en fin, la columna seguirá siendo, como hasta ahora, una mezcolanza de experiencias.

El sábado estuve con una prima de mi esposo que pasó por lo mismo que yo estoy pasando y me dijo: ‘es que hace falta que se hable de esto, que la gente deje de verlo como un tabú’, (como un mito dirían mis hijos). ¡Ay, Dios mío! Si de hablar se trata, esta vocera puede llegar a marearlos.

Dicho lo anterior procedo a compartir con ustedes algunas cosas que me han funcionado de maravilla. Cuando uno se enferma, la gente que lo quiere a uno lo va a visitar, llama por teléfono, en fin, trata de obtener la mayor cantidad de información posible. Es lógico que se interesen, uno haría lo mismo en situaciones opuestas. Lo que pasa es que los enfermos a veces lo que necesitan es un poquito de reposo.

Lo que hay que hacer es crear cada día o cada dos días un informe de progreso en el que conviene poner la mayor cantidad de detalles posibles. Cuando lo haga piense en lo que a usted le gustaría preguntarle a la persona y vaya respondiendo todas esas preguntas. Si el paciente permanece hospitalizado, ese informe se pega en la puerta del cuarto.

Cuando el paciente sale del hospital se puede entonces enviar por correo electrónico, para lo cual conviene hacer un grupo (antes de internarse en el hospital) en el que se incluyan las direcciones de todas las personas a las que queremos mantener informadas. Si uno piensa que no va a tener energías para enviar informes puede asignarle la tarea a un pariente o amigo cercano.

Yo sé que nadie quiere recordar un cáncer, pero enterarse de que uno es apreciado siempre ayuda a subir la moral, así es que tenga un cuaderno (preferiblemente bonito —yo encuaderné páginas de colores con una espiral de esas que ponen en los sitios que sacan copias) para pegar las tarjetas, apuntar las visitas y llamadas y también para que sus amigos le escriban cuentos. Ya verán cómo disfrutan leyéndolo cuando van recobrando las energías. Bueno, se me acabó el espacio, así es que más adelante compartiré con ustedes los misterios que vaya descifrando. ¡Ah! Y por supuesto que acepto sugerencias de quienes tengan más experiencia que yo.


 
 
 
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