Publicado el Viernes 11 de abril de 2008
  Edición No. 943
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POR LA SOMBRITA
En 'short' y chancletas

A diferencia de lo que ocurre con la ropa de salir, a las piezas de estar en casa les perdonamos los agujeritos debajo del brazo y el elástico flojito.

Roxana Muñoz

Mi ropa favorita, con la que me siento yo, es la de estar en casa. Qué bueno es llegar al hogar después del trajín, sacarse esos trapos de calle y esos zapatos que, por más cómodos que sean, después de ocho horas son un fastidio. Rico es ponerse los shorts y las chancletas.

Tengo recuerdos de mi infancia de las mamás regañando a los pelaos por no querer usar suéter. De las abuelas reconviniendo a las niñas para que se cambiaran el shortcito antes de ir a la tienda, porque el pantaloncito muy cortito (y a veces ni tan cortito), solo podían usarlo dentro de casa.

En países fríos seguramente la ropa de casa es más abrigada; nosotros necesitamos prendas livianas, batas, suéteres de algodón, pantalones cortos y bermudas que nos alivien un poco del calor.

La ropa de estar en casa, de barrer, de lavar, de hacer oficios, de ver televisión en el sofá, es fresca y cómoda, aunque no siempre es bonita. A veces son esos pantalones que ya nos cansamos de usar para salir o a los que les cayó cloro; esos suéteres que promocionan jabón o de aniversarios de la compañía.

A diferencia de lo que ocurre con la ropa de salir, a las piezas de estar en casa les disculpamos no ser perfectas. Puede lucir manchas de pintura, de marañón, tener el cuello ‘bembeao’ y, aún así, si es nuestra pieza más fresquita, nos rehusamos a desprendernos de ella. No importa si el elástico ya está flojito o si tiene huequitos. ‘Vienes de la guerra’, decían en el barrio.

Por supuesto, es ropa con la que no quisiéramos que nos viera un apuesto galán. Aquí entre nos, nunca he entendido cómo en la televisión y en el cine la gente recibe a cada rato en su casa con muy buena ropa, ni hablar de las telenovelas, donde todas las mujeres, aunque no trabajen, están siempre con rímel, tacones y ropa como si fueran a una tarde de té en el club. Me imagino que si usaran la ropa real de casa no habría tanta pasión en esas historias.

Y qué decir de la chanchetas. Recuerdo las de plástico que costaban menos de un dolar, con una palmera como símbolo. Más temprano que tarde se soltaban. A su favor hay que decir que además de salvaguardar los pies de su dueño, también eran un arma letal contra cucarachas, y con ellas también se amenazaba a los niños malportados. Sí que había unas muy aguantadoras que hasta pasaban de hermano a hermano o el pie que se salvaba era emparejado con otro. No era raro ver a alguien con una chancleta amarilla y otra azul.

Las condenadas siempre se extraviaban. Juro que existe un limbo, una dimensión desconocida donde éstas se van cada tanto y luego regresan, no sin que antes las busquemos debajo de la cama, de los sofás y de cuanto hueco se nos ocurra.

El pretexto favorito de mamá para que no saliéramos de casa era: ‘ponte las chancletas o no vas para ningún lado’. ¿Por qué será que de niño siempre queremos andar descalzos?
Por castigo: un chancletazo.


 
 
 
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