Agradecimiento por el dolor
Julieta de Diego de Fábrega
Al regresar a casa de mi operación sentí que el texto que reproduzco a continuación empezó a formarse en mi mente. Estaba atorado, desesperado por salir de allí, que en la madrugada me senté a escribirlo.
Desde la primera letra supe que quería enviarlo a una buena amiga que dirige las Escuelas de Agradecimiento —una obra de los Franciscanos de María— para que lo compartiera con las personas que forman parte de dichas escuelas.
Lo comparto con ustedes con la ilusión de que todos aprendamos a aceptar ‘nuestros dolores’.
La palabra gracias suele traer a las mentes imágenes agradables. A nuestros semejantes agradecemos un regalo, un cumplido, una invitación, y a Dios, generalmente, agradecemos cosas más importantes como un hijo, un milagrito o simplemente el hecho de haber tenido una vida buena.
Muy pocas veces comprendemos que el dolor es también algo que debemos agradecer y que el ‘sufrimiento’, como lo conocemos los mortales, es uno de los regalos más hermosos que puede darnos Dios, pues a través de él podemos asomarnos un poquito a lo que fue la vida de nuestro hermano Jesús, a quien muchas veces sólo conocemos superficialmente y ‘por lo que otros nos cuentan’.
Si veo el cáncer como una causa de dolor tengo entonces que pensar que Dios vio en mí a una persona especial. Me escogió y me fue preparando durante años para el dolor que hoy me envía. El decir que soy una persona especial ante los ojos de Dios no implica que soy mejor que otras ni mucho menos, quizás soy peor y por esto el Señor decidió completar mi educación. Pero mejor, peor o igual, el caso es que aquí estoy, entregando al Señor todo mi dolor con el fin de lograr entender un poquito mejor el suyo.
La imagen más dolorosa de nuestro Señor Jesucristo es sin lugar a dudas su Pasión y creo que los pasos del cáncer coinciden perfectamente con los de la tortura y crucifixión de nuestro Señor. En primer lugar, fue despojado de sus vestiduras, pensando que así quizás podían humillarlo; el cáncer nos despoja de alguna parte de nuestro cuerpo, sin la cual, hasta ese momento quizás pensábamos que la vida sería muy difícil. Luego vino su tortura —y aunque aún no lo sé de primera mano pues no he recibido tratamiento— estoy segura de que aquellos a los que deberé someterme me causarán un dolor parecido al que Él sintió. Proporciones guardadas, claro está.
A Jesús le tocó cargar su cruz a pesar de que ya su cuerpo estaba maltrecho y así mismo nos tocará a nosotros seguir caminando, a pesar de las incomodidades. Por último, nuestro Señor entregó su alma al Padre convencido de que era la única forma de vivir eternamente, y aunque en algunos casos nuestra muerte no sea física como la de Él, sí es una forma de dejar atrás a la persona que éramos para convertirnos en una nueva: más buena, con una mejor visión de lo que debemos hacer para alcanzar el reino de los cielos.
No hay entonces que quejarse por este dolor, que comparado con el de Jesús, será mínimo, y que ofrecido por la salvación del alma es un precio pequeño que pagar.
Es por eso que modesta y humildemente digo al Señor: te agradezco mi dolor, de todo corazón te lo agradezco. Y espero que con él me mandes la sabiduría necesaria para aprender a manejarlo.
De joven no entendía muchas situaciones que veía suceder a mi alrededor. Pensé, como muchos, que Dios era injusto al enviarle ‘cosas malas’ a ‘personas buenas’; ahora entiendo, ahora sé que las ‘cosas malas’ no lo son, Dios sería incapaz de hacernos sufrir sólo porque sí; son lecciones un poquito más difíciles de aprender nada más, pero si ponemos empeño obtenemos de ellas grandes beneficios.
No me quejo Señor, no pregunto por qué... siempre para qué. |