Gente de luna
El hombre lobo no es el único afectado por el hermoso satélite que noche tras noche nos ilumina. Seres lunáticos nos rodean, nos hacen dudar de nuestro don de buena gente y hasta de nuestro desodorante.
Roxana Muñoz
Si la luna llena fuera un acontecimiento tipo cometa Halley, armaríamos un alboroto (el mencionado cometa surca el cielo una vez cada 76 años).
Sacaríamos las sillas al patio, a la acera, a la Avenida Balboa, al Parque de Cervantes, sin importarnos darle gusto a los zancudos. No dormiríamos en toda la noche para verla así grandota y clara.
Bajo su luz se celebrarían actos culturales o pachangas. Leeríamos poesía o menearíamos el esqueleto.
Unos aprovecharían para casarse, otros para lanzar su candidatura política. Todos, cuando empezara a salir el sol, nos echaríamos a llorar porque se acabaría el espectáculo que solo se vive una vez.
Pero como la luna llena está allí cada tantas semanas, ¡bah! ni le prestamos atención. A menos que seamos astrónomos o estemos en esa fase de enamorados en que hasta la visión de un merachito nos agua los ojos.
La luna, así como influye en nuestras salidas a la playa, también ejerce un no sé qué sobre la gente. No es invento mío sino de la sabiduría popular. No espere a que me ponga a contradecirla, para eso están los científicos.
Fíjese, en todos lados hay gente de luna: en las ligas de fulbito, asociaciones de estudiantes, parroquias, departamentos de contabilidad, compañías de fumigación, etc.
Hay que andarse con cuidado. No en vano le advierten a uno: ‘está de luna, no le hables’. ‘Ni le hagas caso, es de luna’.
Es bien fácil reconocer a los lunáticos: usted los saluda hoy y responden con la mayor alegría. Les habla mañana y ponen cara de palo o miran como si un desconocido les acabara de pedir un riñón.
Es importante aprender a identificarlos, así se evitan rabias e inseguridades. Ante esos cambio bruscos uno se queda pensando: ¿le hice algo?, ¿sabrá que la que denuncié por robarse el papel del fax?, ¿no me puse desodorante?, etc. , etc. , etc.
La verdad es que su malhumor no depende de usted, no se crea el centro del mundo. Agradezca si las únicas personas de luna que conoce son dos o tres compañeros de trabajo.
Sí merecen un altar los familiares de los lunáticos. Imagínese tener marido o hijos de luna. Gente que de repente no habla, pone cara de que todo huele mal. Si contestan es con monosílabos y gruñidos.
Las personas de luna nunca dejan de sorprender al resto. No se extrañe de que luego de dos semanas de tropezarse con esa persona una y otra vez, y que una y otra vez la ignore (ella a usted y luego usted a ella si es que a usted no le gusta la mala vida) un día se acerque para decirle, como si nada: ‘Ombe pues, ya no me saludas’.
No haga caso. No coja rabia. Salúdela si saluda, sino que vaya adelante, la luz es verde. Por mi parte, hace tiempo dejé de olfatearme disimuladamente para ver si era yo la que tenía algo malo.
PD. Si pretende mostrar este artículo a alguno de ellos, dele con cuidado. Ya usted sabe cómo son.
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