El destino de las palabras
Julieta de Diego de Fábrega
Las palabras escritas sobre papel han sido hasta ahora la memoria colectiva de los pueblos. Bien cuidados, libros, revistas y periódicos duran cientos de años, siendo los libros los más duraderos y los periódicos los menos, aunque cada vez que algún familiar muere y los deudos se mudan a su casa para ‘hacer policía’ inexorablemente encuentra uno o varios trozos de papel amarillentos metidos dentro de algún fólder, libro o cajita que al difunto, en su momento, le parecieron lo suficientemente buenos para atesorar.
Sin embargo, todos sabemos que aunque las palabras que se escriben en un periódico salen de la pluma de sus autores gracias a un esfuerzo igualmente grande que el que hacen otros escritores, su suerte casi nunca es la misma, ya que el periódico ‘usado’ o mejor dicho leído tiene muchas otras funciones.
En primer lugar, no hay mejor papel en la bolita del mundo amén para limpiar vidrios que el papel de periódico, de allí que en todas las casas -incluso en aquellas en que no se acumulan chécheres- hay una ‘turra’ de periódicos viejos esperando su turno para pasar por los ventanales de la casa.
En segundo lugar, constituyen también un medio ideal para entrenar a los animalitos de la casa a hacer sus necesidades biológicas, a pesar de que manchan el piso, lo cual no nos hace tan felices. Pero así como sirven para mamíferos también se usan para forrar el piso de las jaulas de las aves.
En tercer lugar, cuando se avecina una mudanza empieza uno a escuchar diariamente el pregón ‘no boten los periódicos y/o acuérdense de guardar todas las cajas para empacar’. Esta práctica -la de guardar cajas y periódicos- es la delicia de las cucarachas, pues aman la goma con que se pegan las cajas y adoran dormir entre capas y capas de papel periódico, de forma tal que una caja llena de periódicos es como el Ritz de París para las ‘caquis’.
Esta práctica de envolver platos, vasos y otras cosas que se quiebran con varias hojas de papel periódico siempre atrasa la desempacada, pues está uno desenvolviendo un vaso cuando de repente una noticia o un artículo viejísimo capta nuestra atención y listo. . . nos ponemos a leer los ‘periódicos de ayer’ o de tras antes de ayer y el trabajo se atrasa una y otra vez. De hecho, más de uno, luego de desenvolver el vaso, procede a guardar la susodicha hoja que llamó su atención convirtiéndola así en el primer pedacito de ‘basura’ de la nueva casa.
A la par con envolver los ‘rompibles’ de la casa está servir de relleno para las cajas donde los acomodamos. Así, muchas veces nos toca empezar a remover con mucho cuidado todas las pelotitas que hemos usado para rellenar los espacios vacíos antes de sacar lo que empacamos.
Y hablando de pelotitas, eso me recuerda que para encender la barbacoa se hacen unas pelotitas bien compactas de papel periódico que se mojan en aceite y se meten debajo del carbón para que el mismo ‘coja fuego’ con más facilidad.
Como verán, todos nosotros, los que plasmamos el contenido de nuestros cerebritos en las páginas de un diario o periódico, estamos a expensas de que sirvan de servicio sanitario para las mascotas o se conviertan en el humo que sale de nuestras parrilladas.
Desde ese punto de vista podría parecernos un ejercicio inútil rompernos la coca para producir un texto que desaparecerá bastante pronto de formas no muy glamorosas, pero a mí me gusta pensar que si bien todo eso es posible, el solo hecho de que alguien lo lea y lo almacene en su cabecita para uso posterior es suficiente. Además, al paso que evolucionan las comunicaciones y escasea el papel, pronto la palabra se escribirá en medios que no podremos usar para empacar vasos en una mudanza. |