TV por teléfono
Julieta de Diego de Fábrega
Estoy con un grupo de jóvenes y a uno le suena el celular. Después de varios ‘xopas’ y ‘ta cools’ —palabras que se pueden contar entre las más largas en cualquier conversación entre dos individuos menores de 25 años— se escucha lo que parece ser un acuerdo de encuentro. Estos dos personajes iban a ver un programa de televisión juntos. Sin embargo, bastó un minuto luego de terminada la conversación para enterarme que quien llamaba estaba en otro país.
Yo, por supuesto, no entendí cómo es que dos personas que geográficamente están a cientos de millas de distancia podían ‘juntarse para ver un programa de televisión’.
Perdón, déjenme echar para atrás un momentito: primero pensé que iban a pasar un programa por televisión —como un debate o algo así— y que ambos lo iban a ver en sus respectivas cajas, pero como no me canso de preguntar rapidito descubrí que lo que iban a ver era un episodio de Scrubs y que juntos significa que se conectan a uno de esos programas que usan los pelaos para chatear y conversar por la computadora y se escuchan reír el uno al otro mientras transcurre el episodio, el cual creo que también iban a poner en la computadora. De esa parte no me pregunten mucho porque ya cuando entramos en tecnicismos se me cruzan los cables.
Sí, pregunté cómo era eso de ver programas por teléfono porque sinceramente no me parece que pueda ser ni la mitad de divertido de lo que resulta hacerlo ‘en vida real’. Para el grupo de jóvenes que ve transcurrir gran parte de su vida en el espacio cibernético, mi pregunta le pareció perfectamente tonta. ¿Qué tiene de diferente? ‘Vemos el programa, nos reímos, comentamos lo que pasó y listo’.
Bueno, dije yo, pero una de las partes más divertidas de ver televisión con otra persona es que uno puede acurrucarse. Ni me pararon bola.
Sí me aclararon que miles de personas en el mundo hacen esto. Me sentí tan atrasada cuando escuché esa afirmación porque, la verdad sea dicha, yo ni me había enterado, y además ni se me había ocurrido que podía ser una actividad ampliamente practicada. No se me había ocurrido que podía ser una actividad punto.
Si sé que la gente le pone camaritas a sus computadoras y cuando hablan con sus seres queridos ambos pueden verse —si ambos tienen camarita— de esa manera los pelaos pueden enseñarle a los papás como luce el abrigo que se acaban de comprar y cuán fea está la raspada que se hicieron jugando soccer, pero hasta ahí.
Es más, también he escuchado a algunos padres quejarse de que le compran la camarita a los pelaos y luego es un problema que la conecten cuando hablan con ellos.
Cada vez que me dicen eso me sonrío, pues puedo entender que a lo mejor no tienen ningún interés en que los papás comprueben que la habitación no ha visto una escoba desde el principio de semestre, ni la cara una maquinita de afeitar, y que la ropa —limpia y sucia— convive alegremente en la maleta que ellos tan cuidadosamente empacaron antes de la partida de los críos.
En ocasiones es posible también que en la habitación estén otras personas que a ellos no les interese que uno vea.
En fin, es como siempre uno puede ponerse selectivo hasta en el uso de la tecnología y así como cuando uno los llamaba a medianoche para ver dónde andaban cuando ya debían estar en casa y ellos contestaban ‘es que el celular no me sonó’, hoy cuando los queremos ver, siempre tienen un cuento con la camarita.
Bueno, para no cansarlos, pregunté a los jóvenes que tan gentilmente me habían explicado esto de ver televisión por teléfono —o por Skype o por messenger— que si podía publicarlo para que otros padres que viven en el mismo planeta que yo se enteraran de las últimas novedades, muy gentilmente me dijeron que sí. Así es que ya saben gente, hay otras formas de conseguir compañía para ver televisión.
|