Publicado el Viernes 16 de mayo de 2008
  Edición No. 948
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POR LA SOMBRITA

Día de paseo, no de clases

Una de las actividades escolares que suele robar el sueño a los estudiantes, sobre todo a los más pequeños, es la promesa de un día de excursión.

Roxana Muñoz

No exagero al decir que en un aula escolar todos los niños brincan si la maestra avisa: ‘mañana no hay clases’. No importa el motivo. En mi momento el motivo más común eran las marchas de la Cruzada Civilista vigiladas de cerca por los ‘pitufos’ y los ‘doberman’.

Una buena razón para un día sin clases, ayer y hoy, son las excursiones escolares que suelen hacerse los viernes; después de semejante trajín, lo mejor es que niños, y sobre todo maestros, tengan el fin de semana para recuperarse.

A los estudiantes de la capital ahora los llevan a sitios que en mi época no estaban disponibles: el Cerro Ancón, el Museo del Canal, el nuevo Reina Torres de Araúz. . .

A nosotros hace ¡uf!, mucho tiempo, nos sacaban a pasear religiosamente al lado, a las ruinas de Panamá La Vieja. Hasta caminando nos íbamos.

Eso sí, cuando llegamos a sexto grado ya no nos hacía la misma gracia el paseíto, pero peor era nada. Recuerdo con más agrado los paseos al Parque Omar y a Summit, que me parecía tan lejos y por lo tanto, una verdadera aventura. En esas excursiones el hambre se apaciguaba con chichas de culei preparadas por las maestras y emparedados de jamón con queso o de tuna. Una vez hubo hot dogs pero sin repollo, lo que provocó la protesta de los compañeritos.

Según la maestra y cocinera, que era muy viva de palabra, el verdadero hot dog no llevaba repollo, eso era un invento panameño, y que si ultimadamente queríamos repollo lo fuéramos a exigir a nuestras casas.

Las excursiones siempre requirieron de permisos firmados de los papás y alguna cuota para el pasaje. Qué triste, y con razón, se ponían los compañeros que no conseguían la autorización o los que no disponían de la cuota. Mi hermano tenía por costumbre pedirle a mamá plata extra para ayudar a algún amiguito en apuros económicos.

Con todas sus fuerzas las maestras trataban de poner orden en el desorden. En el patio nos ponían en fila, por orden de tamaño, antes de tomar el bus. Al llegar al lugar de destino nos hacían ir tomados de la mano, pero tan pronto podíamos ir a los juegos del parque Omar o a ver a los animales del Summit se acababa la fila y empezaban los gritos, los saltos, los empujones, en fin, el ser niños.

En aquellos días en que la comida chatarra era un lujo, uno de los mejores paseos era ir al McDonalds de El Dorado. Más que las hamburguesas y las papitas, nos fascinaban los juegos, me parece que era el único de esos restaurantes con un parque. Hoy todos lo tienen.

Las heroínas de estos paseos son las maestras, que tienen que tener ojos por todos lados para cuidar a tantos chiquillos traviesos e inventores. Recuerdo que en nuestro primer paseo a la playa de Kobbe, un niño, muy bruto o muy loco, tomó varios buches de agua de sal y puso a las maestras en correderas.

Ese paseo a Kobbe era de lo más singular, uno se podía bañar hasta donde había una malla, justo en un área llena de piedras.

La mejor manera para saber si una excursión escolar fue un éxito es ver el estado en que vuelven los chicos: ¿traen el suéter empapado de jugo rojo? ¿Sudados hasta las rodillas? ¿Huelen a pollo? ¿Llegan a casa rendidos? Entonces la excursión sí fue buena.


 
 
 
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