¿A qué hora llegaste?
Julieta de Diego de Fábrega
Yo pienso que todo el mundo alguna vez en su vida le debe haber hecho esta pregunta a alguien. Es una pregunta fácil, sin cosas ocultas que todo el mundo debería poder contestar con relativa facilidad. Sin embargo, luego de años de observación he descubierto que la respuesta depende 100% de la situación y no necesariamente de lo que diga el reloj.
Por ejemplo, si una persona –hombre, mujer, joven, papá, mamá, hijo (a), novio (a), lo que sea– se fue de juerga y al día siguiente alguien le pregunta ¿a qué hora llegaste?, irremediablemente la respuesta llegará con minutos restados. Minutos restados quiere decir que si una persona llegó a casa a las 3:45 de la madrugada dirá que como a las 3:15-3:30, aún cuando sepa perfectamente a qué hora cruzó el umbral de la casa. Si quien hace la pregunta refuta la respuesta, el interrogado buscará cualquier excusa como es que ‘tu reloj está adelantado’ o ‘es que el mío tiene 10 minutos menos’, lo que sea con tal de no reconocer que llegó más tarde de la cuenta.
Por otro lado, cuando la persona llega tarde a casa porque se encontraba trabajando -sea en una oficina o en un trabajo del colegio- sabemos que de seguro sumará minutos y a veces hasta horas a su tiempo de llegada. Esta situación es un poquito más complicada que la anterior, pues cómo puede uno disgustarse con alguien que está trabajando.
Digo que la situación se complica un poco porque sabemos que muchas veces estas larguísimas jornadas de trabajo son en realidad horas de trabajo intercaladas con horas de ‘pajareo’. Esto es especialmente válido en el caso de los estudiantes que necesitan darle un ratito al Nintendo o comer porque están en edad de crecimiento antes de poder continuar pensando. Sucede que cuando los estudiantes aún no pueden transportarse por sí mismos y las mamás o papás deben ‘choferear’ no hay ¿a qué hora llegaste? sino ¿a qué hora te busco? Pregunta totalmente inútil pues la hora real de recogerlos no se parecerá en nada a la que originalmente se informa al momento de dejarlos en la casa de quien dirige el grupo de trabajo.
Yo de verdad no entiendo cuál es la onda con esto de alterar las horas de llegada, porque generalmente quienes están en casa esperando están desveladísimos, mirando el reloj cada 15 minutos, o sea que es muy difícil que se traguen el cuento de la hora equivocada.
Por otro lado, los padres de familia y las mujeres en general tienen el sentido de la audición muy desarrollado, o sea que pueden oír una puerta cerrarse en el extremo opuesto de la casa. Una eso con un reloj digital con números grandes y escandalosos en la mesita de noche y tendrá en cada ocasión una hora exacta con la cual comparar la ofrecida por el interrogado.
Lo peor del caso es que es un argumento que jamás podrá ganarse pues quien llega a casa más tarde de la cuenta jamás aceptará su culpa, no importa cuántos siglos pasen. Es un poco como cuando uno le pregunta a alguien que ha llegado tarde y con muchos más tragos de la cuenta entre pecho y espalda ‘¿cuántos tragos te tomaste?’, y la persona responde ‘cinco’. ‘¿Cinco qué?’, se pregunta uno, ¿cinco botellas, cinco cajas, cinco galones?, porque es obvio que cinco tragos no fueron.
Todos sabemos que discutir con un (a) borracho (a) es inútil y quien lleva todas las de perder es el sobrio que inexorablemente se impacientará y tendrá que controlar la rabia y las ganas de matar para no terminar en la cárcel. Ahora con esos guarómetros portátiles quizás uno pueda hacerle pruebas a los borrachos mentirosos cuando llegan a casa. A falta de uno basta entrar al cuarto del culpable al día siguiente para percibir el concentrado olor a cantina que domina el ambiente y volver a preguntar: ¿cuántos tragos te tomaste? |