Por cortesía de mis impuestos
Se ha extendido entre nuestros servidores públicos la cuestionable costumbre de ponerle su nombre a cada cosa que se hace en su administración.
Roxana Muñoz
La mala fama que tienen algunos políticos no es gratis. Con sudor y esfuerzo la ganan. Una de sus manías es el culto a la personalidad. ¿Hay necesidad de que todo lo que haga un representante, un legislador, un alcalde o cualquier autoridad oficial lleve un letrero con su nombre?
Esa frasesita de ‘Por cortesía de. . . ’ a mi parecer equivale a decirnos: ‘denle gracias a Dios que me dio la gana de hacer esto’.
Yo sé que me estoy metiendo con el pan de los señores encargados de pintar los letreros de ‘Por cortesía del HR fulaneco de tal’ y también con el negocio de las fábricas de pinturas, pero me parece una insolencia que cada vez que un funcionario haga su trabajo — por el cual cobra, y algunos muy bien— sea necesario anunciarlo con bombitas de patronales.
Ningún cortesía es. Su obligación es hacer aceras, mantener las paradas, arreglar las bancas, acondicionar los parques; en fin, ocuparse de que nuestras comunidades sean un mejor sitio para vivir. Para eso nos descuentan impuestos del salario y de cada cosa que compramos.
Qué me dicen de esos anuncios de ‘Sutano de tal sí trabaja’. Bueno, más le vale. ¿Acaso hay que agradecerle no ser botella o garrafón?
Si fuera el caso de que yo pintara todo un parque con plata de mi bolsillo, entonces sí estaría en el derecho de pintar, con mi plata también, un aviso que diga ‘por cortesía de la generosa (nada de honorable, palabra tan manoseada que la han despojado de su dignidad ) Roxana Roxi Muñoz (lo de Roxi es porque en esos feos letreros no puede faltar el apodo del susodicho).
Da pena ajena que alguien ordene poner su nombre en una banca, un tanque de agua o en una tapa de alcantarilla. Todavía si estuviéramos hablando de un hospital moderno o de una señora biblioteca modelo para Latinoamérica, se entendería.
En Panamá reparan una calle y ya quieren poner un letrero enorme. Aunque pensándolo bien, en ciertas obras sí deberían poner el nombre del constructor y su cédula, a ver si pone más cuidado y no tira una capa de asfalto que no aguanta ni un invierno. Más dura el letrero puesto. Lo que sea de cada quien, ellos sí hacen bien su trabajo.
Y en esos avisos en que se lee: ‘aquí se construye tal cosa. . . ’ habría que poner, por ley, fecha. Así nos daríamos cuenta de cuánto se demoran.
Lo peor: cuando cambia el Gobierno, al nuevo funcionario le da urticaria nada más ver las iniciales de su antecesor, así que manda a pintar todo de nuevo. Vuelve y traba, a gastar más pintura para borrar aquello. Bien por la fábrica de pintura, mal por nuestros impuestos despilfarrados.
¿Quién ha dicho que el legado
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