Hablar de corrido
Julieta de Diego de Fábrega
Conversando con amigas que han pasado todo este asunto del cáncer y la quimioterapia, he podido averiguar que uno de los efectos secundarios de toda la mezcolanza de medicinas que le dan a uno –explico: hay un serie de compuestos que son la quimioterapia y hay otros que se usan para aliviar los efectos secundarios de los primeros–. Lo gracioso es que este grupo también tiene sus propios efectos secundarios, pero bueno, no podemos aprendernos tantas cosas de memoria.
Continúo con mi cuento. El caso es que uno de los efectos secundarios que todas mis amigas recordaban –luego sabrán que recordar es una incongruencia en este caso– es casualmente no recordar nada. Unas lo describieron como una especie de Alzheimer, otras como síndrome de déficit atencional y otras como una mezcla de las dos. Hubo quienes me contaron que se les hacía imposible terminar una frase sin preguntar a su interlocutor ‘¿qué era lo que te estaba diciendo?’. Aún cuando la frase fuese tan fácil como ‘me gusta tu camisa roja’.
Bueno, tengo que contarles que a la fecha en que escribo este artículo llevo ya dos sesiones de quimioterapia entre pecho y espalda. Para cuando salga publicado esto ya serán tres y por el momento puedo informarles que ni hipo. ¡Gracias a Dios! Es cierto que el día del asunto es totalmente perdido porque por más robusto que sea mi cuerpo, no aguanta 25 mg. de Benadryl sin perder el conocimiento solo minutos después de que el liquidito entra por la vena. Sabemos pues que los miércoles se tachan del calendario.
Hace unos días una tía me estaba preguntando cómo me sentía y le contaba que físicamente bien, pero que ya la mente –que hace poquísimo me había empezado a trabajar adecuadamente pues las anestesias también me la ponen en pausa– me estaba empezando a patinar y le di los ejemplos que les mencioné arriba. Entonces me dice ella ‘¡Ah, bueno! Eso es como dice una amiga mía que desde que cumplió los xyz no puede hablar de corrido’.
Me pareció tan genial la frase porque, efectivamente, eso es exactamente lo que a uno le pasa: no puede hablar de corrido. Es como cuando uno está aprendiendo a leer que es un solo cancaneo. ¿Se acuerdan cuando a uno la monja en la escuela le decía que tenía que aprender a leer sin cancanear? Ahora tendré que hacer un esfuerzo sobrehumano para poder hablar sin cancanear.
Mis hijos me van a matar –o por lo menos van a querer matarme y se van a tener que aguantar las ganas– porque ya desde antes me estaban empezando a perder la paciencia, ahora quién sabe cómo será esto.
Como yo digo que la clave de todo está en la información, me la paso haciendo especie de boletines que circulo entre los miembros de mi familia. Por ejemplo, cuando me confirmaron el tipo de quimioterapia que me iban a hacer, armé un cuadrito en Excel –porque ahora que no pienso de corrido, sólo puedo pensar en Excel– en el que puse los nombres de cada medicina, porque ni crean que tienen un solo nombre, no, tienen varios para que uno se enrede bastante; los efectos de cada una, lo que me tengo que tomar para contrarrestar los efectos secundarios de cada una y, como les comentaba antes, los efectos secundarios de esas medicinas que están supuestas a ayudarme a sentirme bien. ¿Cómo rayos podrá uno hablar de corrido con esta jeringonza de cosas en la cabeza?
La cosa es que estos cuadritos de Excel se los mando a todo el mundo para que cada quien esté bien enteradito de lo que está pasando y cuando llegue el día en que amanezca de luna, aún cuando sea luna nueva, me tengan toda la paciencia que requiero. No basta con que el enfermo sepa lo que está pasando, el resto de la familia también tiene que dominar la jerga, por lo menos mientras yo pueda hablar de corrido para informarles. De allí en adelante que Dios nos ampare y nos favorezca. |