Cambiar la vista
Julieta de Diego de Fábrega
Desde la última vez que moví los muebles de mi cuarto me siento cada día a trabajar viendo hacia un lado de la ciudad, que presenta una buena mezcla de edificios y pedacitos verdes que me recuerdan que alguna vez en esta calle hubo casas con patio por los que correteábamos hasta que se nos ponían los cachetes colorados. ¿Recuerdan que les he comentado que tengo decenas de años de vivir en la misma calle?
Hace un par de días me entró el ‘fuga fuga’ de volver a cambiar los muebles de lugar. Sin embargo, no logro encontrar la forma de acomodarlos que me permita trabajar a gusto. Yo tengo la computadora en mi cuarto. Eso puede ser bueno o malo –como todo en la vida-. Bueno porque puedo trabajar hasta cualquier hora y cuando termino simplemente salto a la cama y listo. Malo por la misma razón. Si estuviera en cualquier otro lado seguramente llegaría a la cama más temprano.
Bueno, porque en una urgencia no tengo ni que vestirme para empezar a trabajar, y malo por la misma razón, es decir, que a veces me atropellan las 5:00 de la tarde en la misma ropa que pasé la noche sin haber pasado por el chorro de agua. Bueno, porque tengo la vida concentrada en un solo lugar, y malo por la misma razón. En otras palabras, mi cuarto es una especie de recámara/oficina sin la belleza de las recámaras y con el desorden de las oficinas. Gracias a Dios mi esposo es un hombre de poco fijarse en floreritos con flores frescas y cuadros que combinan con la decoración en general y vive feliz en este ‘lugar’.
En ocasiones anteriores les he comentado que cuando me acostumbro a trabajar en un lugar me cuesta mucho trabajo ‘mudarme’ psicológicamente a otro. No sé a qué se debe, pero una vez que encuentro esos puntos familiares a mi alrededor me confundo cuando los pierdo. Entre las opciones que he considerado en esta ‘reestructuración’ de mi cuarto –porque sería totalmente falso llamarle remodelación- está mover la estación de mi computadora.
La he puesto ya en cuatro lugares diferentes y ninguno produce en mí esa sensación de bienestar que se requiere para trabajar más de ocho horas en un mismo sitio. Una, por ejemplo, es frente a una pared. Es un rinconcito bien protegido que podría volverse acogedor, pero miro la pared y no me dice nada. En etapas anteriores de mi vida he trabajado frente a una pared y no me ha molestado, pero yo digo que cada situación se evalúa de acuerdo al momento y sus circunstancias.
En esta circunstancia tendría que poner unas tablillas en la pared para por lo menos tener algunas cosillas mal puestas que mirar, pero eso es mucho trabajo porque la pared es de mentira, o sea que no es un asunto de tacos y tornillos. Las cosillas, por su parte, serían difíciles de limpiar a diario porque habría que mover la mesa de la computadora para llegarles. ¡Qué va! No funciona.
Justo al lado de esa pared hay una ventana y también me llevé la mesita de la computadora para ese lugar. Tampoco funcionó porque sólo veo edificios terminados y edificios en construcción, pero ni una sola hoja verde, excepto unas matitas que están sembradas en un macetero de un edificio cercano, pero no me dicen nada. Desde donde estoy ahora mismo veo un ficus, un ordeal y cosas así grandotas.
Además, les confieso que en la esquina del techo que me queda justo al frente viven unos pericos y otras aves que como que se turnan el nido y me divierte verlas llegar y salir en su diario ‘pajarear’. A veces me desconcentran con la algarabía, pero no es el fin del mundo. He decidido que cuando eso pasa es porque me tocaba un descanso. Llevo ya como 10 días en la movedera de muebles y todavía no encuentro un acomodo que me acomode. Espero que no me tome un año. |