Publicado el Viernes 20 de junio de 2008
  Edición No. 953
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POR LA SOMBRITA
En el inframundo de la cartera

De mano en mano se perdió un elefante, e igual de mal le podría ir a otro paquidermo si, por alguna fatalidad, se asoma al borde de mi bolso y resbala.

Roxana Muñoz

¿Dónde quedó el carné? A ver si en este bolsillo está (busco, busco, busco ). No, aquí no. ¿Todavía tengo estas facturas del supermercado? Y son de hace un mes (busco, busco, busco) ¡Ajá! aquí está el arete que se me había perdido.

Bueno, el carné, dónde está el carné. Quizás en este otro bolsillo (busco, busco, busco). Ya se regó el polvo de cara y me manchó la ficha del Seguro Social. El bendito carné siempre se pierde (busco, busco, busco). ¿Cuándo será que voy a aprender a meter cada cosa en un mismo lugar? ¿Será en este bolsillo de atrás? No, tampoco. ¡Ay!, verdad que lo puse en el bolsillo de afuera para que fuera fácil encontrarlo.

Señor guardia de seguridad, aquí está, lo encontré. Deme mi pase para entrar que el entrevistado ya me está esperando, rapidito, por favor.

¡Jo! pero con qué cara me miró. Los hombres no tienen paciencia. Y ahora dónde dejé la grabadora. ¿La traje? (busco, busco, busco) ¿Me la robaron?

Sí, ni me lo digan, ya sé que tengo un desorden imperdonable en mi bolso. Quien me ve, ‘señora periodista’, no lo creería. Estoy segura de que ni el organizador que venden en el canal de compras me salva, aunque me tienta eso de que tenga luz. Tampoco me vendría mal un imán para que se peguen las llaves.

Pasé por una etapa en que compraba solo carteras pequeñas para evitar cargar con tantos chécheres. Resultado: nada me cabía, la llevaba deforme, a reventar, forcejeaba para cerrar el zíper, más de uno no aguantó el sobreesfuerzo.

Con estas carteras grandes, abuso: Además de la billetera zampo allí la agenda, un libro de 600 páginas, la cosmetiquera –que es otra cartera– , las volantes que me regalan en la feria, una granola, papeles de pastillas, los tiquetes del turno para comprar carne, una peinilla a la que le falta un diente y que nadie me la vea, esa sí que se quede bien en el fondo. Pero, qué va, cuando uno está buscando desesperadamente en la cartera siempre sube a la superficie lo impresentable. Al fondo se queda el carné, las llaves, el último dolita que tengo en efectivo. Y a la superficie suben las toallitas femeninas. No, no, quédense allá abajo.

Ahora todo es más chiquito y debería ser más práctico. ¿O no? Lo que hago es meter más bártulos al bolso y como todos son pequeños se me extravían. El usb se me esconde entre dos tarjetas de presentación mal puestas. El celular siempre lo confundo con la grabadora, y la micrograbadora ¡santo cielo! casi me da un conato de infarto cada vez que pienso que me la robaron y es que está allí, muy fresca, en un pliegue del bolso. Los audífonos, esos no se pierden porque tienen un cable, pero ese cable se me enreda con el de la grabadora y con algún collar que eché en el bolso porque ya me pesaba el cuello (sí, a las mujeres nos pesa el cuello como a eso de las 5:00 de la tarde).

Me propongo este fin de semana hacer un manual de instrucciones para guardar debidamente, por lo menos, lo que siempre se me pierde:

1. Las llaves.

2. El celular. Entre más alto está el volumen y más estrambótico es el tono ¡kikirikí kikirikí!, más tiempo me toma rescatarlo.

3. El carné. Fuerzas oscuras lo atraen al hoyo negro que –¡estoy segura!– hay en mi bolso, sobre todo cuando un seguridad me dice: ‘deme una identificación que no sea la cédula’.

4. Una pluma. Por mucha tecnología, una periodista sin pluma es como un soldado sin arma.

5. Un cuara que necesito para completar lo del taxi, sé que por aquí está, pero no lo encuentro.


 
 
 
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