Publicado el Viernes 27 de junio de 2008
  Edición No. 954
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DIARIO DE MAMA
La basura siempre apesta
Julieta de Diego de Fábrega

Ayer recibí por correo electrónico uno de esos escritos que vale la pena leer, guardar y circular. Se llama ‘Perdona a los demás y déjalos ser’ y parece ser de la autoría de Marco Engelke, a quien encuentro en la internet en distintos chats y también en revistas cibernéticas. Esa es la única información que tengo, así es que es la única que comparto con ustedes.

El caso es que leyendo el asunto, definitivamente, reafirmé lo que siempre he afirmado, que la basura hay que botarla, pues no importa de qué tipo sea, al final termina podrida y haciendo daño a quien la guarda.

Yo veo que las personas en sus casas se toman especial cuidado para disponer de la basura. La meten en bolsas, la cierran bien, la sacan de la casa y la meten en un basurero con tapa que tienen en la acera o en una de esas canastas de metal —también con tapa para que no la alcancen ni los perros ni los gatos— sin embargo, cuando de basura emocional se trata, esa sí la guardan con un cuidado por años y años.

Yo no sé ustedes, pero yo conozco mucha gente que casi podemos calificar de vieja y que todavía está brava con su mamá porque no le compró aquel par de sandalias anaranjadas que ella absolutamente tenía que tener para ir al paseo a Summit de la prima Margarita.

El escrito al que me refiero concentra gran parte de sus palabras en todo aquello de perdonar y ‘botar’ lo que ya no nos sirve, pero empieza diciendo que somos nosotros con las expectativas que creamos sobre terceras personas quienes solitos nos frustramos, nos sentimos heridos y al final acabamos vueltos un desastre.

Engelke describe muy bien cómo hacemos esto y por qué. Nos cuenta que desde niños poco a poco la sociedad nos va moldeando e imponiendo sus ‘reglas’. Una vez que las hacemos nuestras entonces empezamos a encasillar a todo el mundo dentro de las mismas. Cuando hablo de encasillar a todo el mundo me refiero a que esperamos que las personas más cercanas a nosotros actúen de cierta manera frente a cierta circunstancia, y cuando no lo hacen es cuando arde Troya.

Estas expectativas las creamos para padres, hijos, amigos, cónyuges, compañeros de trabajo, en fin, para todas las personas que de una forma u otra tocan nuestras vidas. La creación de las expectativas y la imposibilidad de dichas personas de cumplir con ellas lo que trae es una cadena de desilusiones que entonces usamos como punto de referencia en el desarrollo de futuras relaciones —se imaginarán que las pobres nacen chuecas.

Según Engelke, todo el mundo hace lo mismo y pensándolo bien, no deja de tener algo de razón. Observe a las personas a su alrededor y verá que efectivamente viven frustradas simplemente porque alguien no hizo lo que ellos pensaron que debían hacer. En el caso de los padres, es especialmente marcado, pero a la vez es cierto también que no podemos dejar que los niños anden por ahí por la libre, pensando que la luna es de queso y sin hacer nada por sus propias vidas.

Este pedacito yo digo que es el más confuso. Tenemos que lograr que los niños se gradúen de la escuela, sin educación es difícil alcanzar el triunfo, por lo menos en el mundo de hoy pienso que quizás la desilusión nace cuando queremos de todas maneras que sean ingenieros o médicos, en lugar de artistas de cine, que es lo que ellos quieren. En cuyo caso, pienso yo, habría que decirles ‘en las carreras no tradicionales es más difícil alcanzar el éxito, pero si eso es lo que tú quieres, adelante’.

Lo que sí es importante que entendamos a toda costa es que el hecho de que alguien no cumpla con las expectativas que tenemos para él, no es una ofensa personal contra nosotros. Es simplemente su forma de ser y así hay que aceptarlos. Bueno, es cualquier día para botar toda esa basurita que nosotros mismos produjimos y que ahora queremos achacarle a otros. Al final toda la basura apesta.


 
 
 
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