Publicado el Viernes 4 de julio de 2008
  Edición No. 955
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DIARIO DE MAMA
Los pañuelitos me aprietan y las pelucas me dan calor...
Julieta de Diego de Fábrega

Ya sé que me estoy robando a mano armada nuestra poesía infantil para adaptarla a mi nueva condición de persona calva, pero es que me pareció que caía al pelo como título. Mi cabeza oficialmente perdió todo el pelo el sábado 21 de junio gracias a las dotes de barbero de mi querido esposo.

Ya veníamos planeando esto desde hace rato. Desde el principio más bien, pues yo le asigné desde el día uno de mi enfermedad la tarea de raparme la cabeza, dado que yo tengo más de 10 años de estarlo pelando a él, sonaba lógico que le cobrara los servicios con uno similar. Al principio lucía como un evento lejano, pero una vez que inicié la quimioterapia supimos que era cuestión de tiempo.

El pelo se comenzó a caer muy lentamente un par de días después de la tercera quimioterapia y luego de la cuarta ya era evidente que la vida se hacía difícil con mechones de pelo que se desprendían por aquí y por allá. Ni les cuento cómo fue la última lavada de cabeza, tuve que hacerla con un basurero literalmente dentro de la regadera para que no se taparan todas las tuberías del edificio. Les confirmo que aunque la caída del cabello es incómoda –porque parece uno como perrito mudando, de esos que van dejando pelo por todos lados- ya no es tan traumático como antes porque uno la está esperando. Me puedo imaginar lo que sintieron los primeros pacientes de quimioterapia cuando se pasaron la mano por la cabeza y se quedaron con un mechón de pelo en la mano.

La rapada no es obligatoria, uno puede esperar a que se caiga la mayor parte del pelo y quedarse con la cabeza cubierta con una especie de pelusita, sin embargo, no veo la razón. Es mucho más fácil emparejar todo con una maquinita y listo. No más pelos por la casa y una cabeza bonita con la que trabajar... siempre y cuando no haya sido uno de esos traviesos en la infancia que coleccionó decenas de puntos en la cabeza que al quedar desnuda serán obvios.

Antes de proceder al rapeo ya tenía en casa unos cuantos pañuelos que me habían prestado, un par que yo había comprado –los hindúes de algodón son lo máximo porque son suavecitos- y además varias pelucas que también me habían prestado. Me las había probado cuando todavía tenía la cabeza cubierta con su alfombra natural y no me habían parecido especialmente cómodas, pero les dí el beneficio de la duda. Sin embargo, amigos, ahora que soy calva tampoco me están gustando.

De hecho, el otro día que hicimos en casa una sesión de prueba de pelucas les confirmé a mis hermanas y a mis hijas que las usaría únicamente para algún evento súper especialísimo, el resto del tiempo pañuelito conmigo. Estoy segurísima de que el día que me ponga alguna calificaré como ‘la doñita de la peluca chueca en el supermercado’. Me puedo imaginar la escena... el calor y la picazón harán que la mueva y la vuelva a mover. En el camino quedará expuesta la especie de media que uno se pone para evitar la picazón, el partido que originalmente salió de casa a un lado estará en el centro y por consiguiente un lado del pelo lucirá más largo que el otro; en fin, no me veré muy nítida que digamos.

Los pañuelitos, por su parte, se están convirtiendo en mis mejores aliados. Tengo grandes y no tan grandes, rectangulares y cuadrados. Luego de ocho días de ‘empañuelamiento’ todavía no he repetido un estilo y cada día me divierto horrores inventando nuevas formas de enrollarlos sobre mi cabeza. Además son frescos y en los días calurosos sirven para aguantar el sudor, por lo que el maquillaje no se corre tanto. Me están gustando tanto que estoy considerando mantener el look por saecula saeculorum. Igual, quién sabe, quizás de aquí a noviembre lo que desearé será ponerlos en una hoguera.


 
 
 
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