Publicado el Viernes 4 de julio de 2008
  Edición No. 955
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POR LA SOMBRITA
Panameño comiendo en el extranjero

Cómo extrañamos en tierra lejana aquello que nos acostumbraron desde chiquitos a ver en el plato. Después de un mes afuera, uno suspira por un arrocito blanco bien hecho.

Roxana Muñoz

‘Qué rico’,‘Ta' bueno’, ‘¿por qué no hay de esto en Panamá?’. Esas frases dichas con la boca llena salían de la mesa que compartí con unos paisanos en un país de Suramérica.

Algunos ya estábamos por repetir. Hasta que en mala ahora alguien preguntó: ‘¿esto qué es?’.

Nuestro guía de turismo puso cara de pena: ‘Ah. . . eh. . . bueno, no sé si ustedes en su país lo comen. . . son sesos’.

Silencio. Unos pelamos los ojos y tragamos con esfuerzo, alguien tosió, otro buscó una servilleta para devolver lo que tenía en la boca. Todos dijimos que ya estábamos satisfechos.

La comida es un asunto de costumbre. No es que la de un país sea mejor. Solo. . . diferente.

En Estados Unidos nos asombran las porciones. Pollo que parece un pavo, pero criado en el Parque Jurásico. Costillas como de brontosaurio. Vasos de soda de un litro. Un muffin cual minicake de cumpleaños, un brownie que alcanza para cuatro.

Comer en otro país casi siempre es más caro, peor si es en zona turística. Nos vamos para atrás cuando pretenden quitarnos tres dólares por una sodita o 10 dólares por un emparedado de mala muerte. Pagar dos dólares por un guineo —¡uno!— nos da risa. Bobos que pagan eso por un guineo. Claro, nosotros tenemos costumbres que a otros les parecen bobadas.

Los argentinos dicen que sobrecocinamos la carne. Un amigo aún recuerda con tristeza aquel bistec que pagó en Buenos Aires.

Cuando se lo sirvieron le extrañó ver una salsa que bañaba todo el puré. Era la sangre de la carne, y eso que la había pedido término medio. No sabía que ese término medio para nosotros es crudo. Así como para los mexicanos, lo que es sin picante a nosotros nos saca lagrimones.

Nuestros vecinos de Centroamérica prefieren los frijoles molidos y mucha tortilla, que es como su arroz. Si le ofrecen una sopa que viene con arroz no se entusiasme. A mí me bailaron los ojitos —tenía días sin comer arroz— hasta que llegó el platito apenas más grande que una canastita de ceviche. Rico, pero muy poquito.

En Panamá hasta en el más humilde restaurante sirven agua de cortesía. En ciertos países, ni en el más fino. Si uno pide se la cobran y capaz la traen carbonatada.

Aquí nunca he leído en un menú: ‘todas nuestras ensaladas están desinfectadas’. ¿Cómo así? Uno imaginaba que esa precaución es tácita en cualquier lugar decente.

Estando afuera no todo es decepción o experiencias que echan a perder el apetito. Ojalá tuviéramos los alfajores de Uruguay y Argentina, allá están por todas partes, como galletas. Sus carnes son sabrosísimas.

En Ecuador hay variedades de maíz y de papas riquísimas, y en los lugares fríos tienen por costumbre vender en la calle nueces y maní calientito.

Cuando uno está de viaje tiene que comer lo que hay, sin cara de asquito, aunque no está de más preguntar antes.

Parte del viaje es probar la comida local. Qué poca gracia tiene correr al primer restaurante de comida rápida que ya conocemos en nuestro país.


 
 
 
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