Para ser feliz
Julieta de Diego de Fábrega
No es ningún secreto que la felicidad muchas veces es un concepto que nos elude. Al preguntarle a una persona qué se necesita para ser feliz la lista de ‘cosas’ es larga y generalmente complicada. En ella se mezclan los apegos, es decir, aquellas cosas a las que damos valor, con toda clase de nociones abstractas que ni quien las expresa las entiende.
Yo creo que parte del problema radica en el hecho de que por alguna razón nos han educado pensando que las cosas que valen la pena tienen que ser complicadas, y no hay nada más distante de la realidad que eso. Generalmente lo importante, lo valioso, es mucho más sencillo de alcanzar de lo que imaginamos.
La felicidad, por ejemplo, casi siempre está al alcance de la mano, pero no nos damos cuenta. Es más, creo que muchas veces las personas son felices y continúan buscando algo que ya tienen. ¿Pero por qué es tan difícil identificar la felicidad? ¿Por qué perdemos tiempo buscándola en vez de invertirlo disfrutándola? Quizás porque bien temprano en la vida vamos incluyendo en la lista de condiciones que deben cumplirse para que seamos felices cosas que hemos escuchado se necesitan para completar el rompecabezas.
Digamos que un papá se pasa la vida ‘canteleteándole’ a sus hijos que tienen que estudiar para llegar a tener un buen trabajo, lo que no les explica jamás es qué es un buen trabajo. De allí que algunos de los muchachos imaginarán que es aquel que produce mucho dinero, otros lo dibujarán como el puesto que les da poder, y para otro grupo quizá sea el que les permite pasar tiempo con su familia. Las tres opciones son válidas siempre y cuando sea la más apropiada para uno y eso dependerá de la personalidad. Vemos entonces que es muy posible que una persona se pase la vida buscando el trabajo que en realidad es ‘bueno’, no para él, sino para su hermano.
No me malinterpreten, estudiar es bueno y todos los padres anhelamos que nuestros hijos tengan una buena vida, sin embargo, tenemos que comprender que la descripción de un buen trabajo no es una, hay muchas.
Analizando los pasos que tomamos luego de estudiar vemos que una de las rutas más tomadas es la de la familia. Claro que tener una familia es bueno, pero al igual que el trabajo no existe ‘una familia ideal’ que de tenerla nos va a hacer feliz. Para algunos, familia es aquella en la que nacieron y para otros es la que crean ellos a partir de la unión con alguien. ¿Y quiénes somos nosotros para decir que una es mejor que otra?
Me imagino que deben estar esperando que proceda ahora a darles una fórmula química o matemática para obtener la felicidad, pero no la tengo. No la tengo precisamente porque mi fórmula no es la misma para más nadie en este mundo. Es posible que se parezca a la de otras personas; es posible, por ejemplo, que mi esposo y yo coincidamos en que algunos factores específicos son conducentes a la felicidad y eso nos hace dirigir nuestros esfuerzos hacia algunos proyectos comunes, pero no puedo decir que coincidimos en todo. Para él un domingo feliz incluye ver aunque sea cinco minutos de algún juego de algo por la televisión y para mí no. Y no se engañen, que en la fórmula para la felicidad también se incluyen pequeñeces.
Y hablando de pequeñeces, creo que es válido que dediquemos unos minutos a pensar cuántas cosas no calificamos de pequeñeces que al final del camino resultan ser las que más peso específico tienen en la fórmula para la felicidad.
Antes de terminar les voy a soplar que si nos enfocamos en aquello que nos da paz, es muy posible que más temprano que tarde encontremos la felicidad. Es más, es posible que descubramos que ya somos felices, sólo que no nos habíamos dado cuenta. |