Publicado el Viernes 11 de julio de 2008
  Edición No. 956
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POR LA SOMBRITA
El pedacito que me falta

Gracias a una diferencia que tengo en mi dedo meñique pude pasar de kinder a primer grado. Nunca aprendí a distinguir, sin ayuda, la izquierda de la derecha.

Roxana Muñoz

No importa cuán sanos estemos, todos alguna vez en la vida pensamos que debimos llegar al mundo con algo más: unos centímetros extras de altura; un busto más sustancioso; cabello más abundante: hombros más anchos. . . Verdad que somos necios.

Cuando la enfermera me puso recién nacida en los brazos de mi mamá, ella me revisó enterita, como debe ser, y vio con alivio que no me faltaba nada, excepto un pedacito del dedo izquierdo.

Enseguida le pidió al doctor que mirara eso, ¿dónde había quedado

ese pedacito?, ¿me crecería después? Por supuesto, él no le dio mayor importancia, pero le dijo que más adelante podían hacerme unas radiografías.

Yo iba a tardarme mucho en darme cuenta de que me faltaba algo. Cuando empecé a preguntar, mamá me decía que durante su embarazo le molestaba una esquinita de la barriga, quizás yo estaba mal acomodada y por eso ese pedacito no creció.

Como a las 8 años de edad recuerdo estar sentada en el comedor de la casa de la abuela, cuando mis primos descubrieron eso que me faltaba; unos con curiosidad y otros con pena se quedaron mirando mi meñique. La abuelita, como si nada, dijo que estaba claro que por ese pedacito que no tenía, yo era dueña de una gracia extra. ¿Qué era? preguntaron todos. Por allí la iba a descubrir, dijo ella. Mis primos me miraron casi con envidia.

Les confieso que me cuesta diferenciar la izquierda de la derecha. Desde que estoy en kinder hago trampa y me guío siempre por mi dedito meñique incompleto, ese lado es la izquierda.

La única vez que me causó preocupación fue en tercer año de secundaria, cuando empecé a tomar clases de mecanografía; el primer día, al final de la clase (gracias a Dios, porque así nadie nos escuchó), me acerqué a la profesora y le pregunté si por mi dedito me podía eximir de tener que escribir a máquina con los 10 dedos. La profesora –¿o era un ogro?– me miró la mano y me nombró como a cinco estudiantes que sí tenían problemas en sus manos y escribían perfectamente a máquina; ¡pena debería darme, si mi mano estaba perfectamente bien! Después de que me sobé el chichón en mi orgullo, tuve que aceptar que la profesora tenía razón. Jamás volví a poner como excusa mi meñique. Ya imaginarán que escribo con mis 10 dedos y sin ver el teclado. Ahora se lo agradezco a mi profesora.

Debido a esa diferencia tengo un sinfín de anécdotas. Gente que me conoce desde hace cinco años un día me ve la mano y me pregunta con susto: ¿qué te pasó? Otros quieren saber de mi accidente, ¿me cayó un bloque?, ¿me dieron un machetazo?, ¿la puerta de un carro me cogió el dedo?, ¿me mordió un perro? Creo que se decepcionan cuando les digo que nací así, pero me cuentan alguna anécdota de algún conocido al que le falta alguna parte de la mano.

Todos quieren saber si me duele. No, no me duele. Bueno, si me machuco sí.

Lo único es que mis oportunidades para entrar al mundo del modelaje de manos están limitadas. Total, que yo ni quería.


 
 
 
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