Publicado el Viernes 18 de julio de 2008
  Edición No. 956
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FINANZAS
¿Tener deudas o vivir sin ellas?
José S. Canto A.

Para nuestros padres y abuelos, hace muchos años, tener deudas era algo inconcebible. Un profundo sentimiento de vergüenza y de pena invadía a cualquier familia capitalina y más todavía a las

familias interioranas que tuvieran que endeudarse. Tomó años a las mueblerías, casas de empeño, bancos y otras empresas financieras, convencer a la gente de que tener deudas es ‘normal’, ‘bueno’, ‘necesario’.

Tal ha sido el éxito de este esfuerzo realizado por las empresas financieras, que hoy es común escuchar que ‘si uno no tiene deudas y referencias de crédito, no es nadie, pues no le dan crédito’.

Cierto, hemos llegado a un punto en que tener deudas es normal; socialmente aceptable y nadie parece sorprenderse por eso. ¿Admiramos o envidiamos al que vive bien, pero sin deudas?

Al recurrir hoy al endeudamiento, partimos de varios supuestos. Pensamos y presumimos, nosotros y las entidades financieras que nos conceden los préstamos y créditos, que tendremos los recursos y la capacidad de, mes a mes, enfrentar el pago del compromiso; que nuestras entradas de dinero se mantendrán iguales o serán superiores a las del momento actual; que no perderemos el trabajo ni que nos enfermaremos, etc. ; que asumiremos la total responsabilidad por el compromiso, sin embarcar a un codeudor o fiador en la aventura de tener que pagar la deuda nuestra; que usaremos o pensamos usar el dinero con fines que nos beneficien o por lo menos nos den algún tipo de satisfacción y no futuros dolores de cabeza.

En el mundo de hoy nos vemos en la necesidad de adquirir compromisos o deudas, porque no siempre tendremos el dinero en efectivo para adquirir ciertas cosas, que por su costo, solo podemos adquirir mediante un préstamo de una entidad financiera o de otra fuente. Si esto es hecho con prudencia y sabiduría, es positivo.

Podríamos hablar de que hay deudas buenas y deudas malas y todas tienen al final que ver con nuestro sentido de responsabilidad frente a nosotros mismos y frente a otros.

Las buenas serían aquellas que aumentan el valor de nuestro capital porque constituyen una inversión en algo que se valorizará con el tiempo. Contraer deudas para comprar aquellas cosas realmente importantes como la residencia o un automóvil, para pagar la educación de los hijos, es lo que se podría considerar una buena deuda. Una mala deuda se contrae cuando compramos cosas, que no requerimos sin tener el dinero para ello, tales como ropa innecesaria, artículos, accesorios o automóviles que superan nuestra capacidad de pago.

Las deudas tienen muchas formas, pero las más frecuentes son los préstamos personales, hipotecarios, de auto, de estudios y los préstamos de consumo tales como las tarjetas de crédito.

Frente a las tarjetas de crédito, los préstamos ofrecen ventajas y desventajas, como todas las cosas en el mundo.

Para un préstamo, usted solicita una cantidad, que luego pagará en una letra mensual por un tiempo determinado, a una tasa fija. Cuando termina el período de pago, obviamente, intereses y capital han debido ser de vueltos a la institución financiera, y usted desde un principio conoce la duración del compromiso.

Podría pedir el préstamo incluso si tuviera el efectivo para la compra, y tratar de invertir dicho efectivo, siempre y cuando la tasa de retorno que obtuviera, fuera mayor que la tasa de interés que pagaría por el préstamo.

Con las tarjetas de crédito usted también tiene ventajas, pero casi siempre a mayores costos y a diferencia del préstamo, son difíciles de presupuestar si usted no es disciplinado, lo que es común para miles de usuarios de tarjetas. Al final, esto se traduce en elevados costos financieros y mayor endeudamiento.

Podríamos decir que los intereses más bajos y un plan de pago definido de un préstamo, le ofrecen bajo ciertas circunstancias, más ventajas que una tarjeta de crédito, cuando se trata de ciertas compras.

Digamos que usted solicita un préstamo por B/. 2,500. 00 y lo compara con el uso de B/. 2,500 . 00 de su tarjeta de crédito. En el préstamo le cobran 10% de interés , mientras que en la tarjeta el interés es de 18%. En el préstamo le brindan, ejemplo, 4 años, mientras que con la tarjeta el plazo depende de cuánto pague usted mensualmente. Con la tarjeta, pagando solo el mínimo de 2% mensual, terminará pagando B/. 6,500, que equivale a los 2,500. 00 más intereses. La diferencia en el costo y la duración del compromiso es evidente.

Piense antes de endeudarse y mire qué es lo que más le conviene, si pedir un préstamo o recurrir a su tarjeta de crédito.

Su decisión dependerá de su actual situación financiera y de su visión y planes de vida. No le deseamos que se sienta amarrado por años y años con una deuda carísima ni que se endeude innecesariamente.

• El autor es asesor financiero personal
ellasconsulta@prensa. com


 
 
 
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