Publicado el Viernes 18 de julio de 2008
  Edición No. 956
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POR LA SOMBRITA
Hora de educación artística

En la mayoría de las materias escolares nos agobiaban con exámenes, idas al tablero y charlas. Pero había una que solo desesperaba a mamá, pues a ella le tocaba sacarnos de la camisa las manchas de témpera.

Roxana Muñoz

Me crecería la nariz si no admitiera que en mi vida escolar hubo, a mi parecer, aburridísimas horas. En cambio había materias que esperaba con ansias. ¡No! ni crean que entre esas estaba la odiosa educación física. No hubo manera de que aprendiera a apañar nada, mi voleo jamás mereció más de 3. 5 y cuando hacía la voltereta siempre iba a dar afuera de la colchoneta.

Una hora que disfrutaba era la de educación artística. Ese espacio en que me dedicaba a dibujar casitas, montañas, vacas que parecían gente, gente que parecía palitos y palitos que si eran de color verde uno podía decir que era hierba.

Qué alegría cuando el profesor decía: tema libre. A mí me encantaba dibujar gaviotas. Las ponía revoloteando la casita, el mar, el Cerro Ancón y hasta remontando el Volcán Barú. Se convirtieron como en mi marca registrada. Bueno, mía y de todos los que recibieron clases conmigo. Es que eran muy fáciles de hacer con sus alas extendidas, libres como el viento. Hasta que un profesor nos dijo que esos pájaros hechos con lápiz negro solo podían ser una cosa: gallotes.

Qué emoción cuando nos pedían traer témpera. Qué nervios cuando la profesora decía ‘saquen la tempera’ y uno era el único que no tenía. Con témpera aprendí a identificar los colores primarios y mi gran descubrimiento fue que si se mezclan todos los colores el resultado es gris. Cuántas témperas derramé y quebré ¡qué regaños me llevé! ¡qué tiempos aquellos!

Sospecharán que yo no era una brillante alumna. Pintaba fuera de la línea. No sabía dibujar caras, las manos me salían como las del Gremlim y nunca inventé nada que mis compañeros copiaran. Como me sudaban las manos, mi hoja siempre tenía algún manchón raro o una plasta de boliqueso.

Todos los años se organizaba el concurso de dibujar las ruinas de Panamá La Vieja. Eso pasa cuando uno vive cerca de las ruinas. Dibujábamos la torre con unas palmeras altas, del tamaño de la torre; alguno hasta llegó a dibujar al pirata Morgan quemando la antigua ciudad. Henry Morgan, el primer personaje que todo niño panameño aprende a aborrecer en la escuela; después nos presentan a Philippe Bunau Varilla y Morgan queda como niño de pecho.

En educación artística difícilmente se saca mala nota, a menos que el alumno sea requete malo o requete vago. Pero, los profesores no la tenían fácil: luchaban para que no calcáramos los dibujos y nos exigían hacerlos en clase, no fuera a ser que en casa el tío arquitecto nos hiciera la tarea.

En cada año que tomé esta clase siempre había un compañero genial, que tal vez no era bueno en matemáticas o en español, pero frente a un cuaderno de dibujo era la estrella. Recuerdo a A. , era tan bueno que le pedíamos ayuda para dibujar las caras y las manos, él lo hacía con paciencia. Dibujaba a escalas, pintaba buses ‘diablos rojos’ en fólderes y los vendía a los demás. Sus robots eran la envidia de los varones.

Creo que todos vivimos educación artística de manera muy parecida. Cuando escucho que ya no se le da el mismo peso en el currículum escolar, me pregunto cómo a alguien se le pudo olvidar las casitas y los gallotes que dibujó. Cómo alguien ya no recuerda a ese compañero que era el mejor dibujante, ese que tenía un gran talento, y si no fuera por educación artística nadie lo habría sabido.


 
 
 
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