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¡Ay! Me quemé
En los sueños, en la millonaria y hasta en una
tumba puede asomarse la cifra ganadora
Roxana Muñoz

“Mírame esa
mata —la millonaria— a ver si encuentras un número allí”, le
piden los grandes a los niños, en especial si es miércoles o
domingo, días de lotería. Con la ayuda de la imaginación el chico
termina encontrando algo que parece un número, aunque es probable
que el adulto lo convenza de que el número que ve es justo el
que a él le gusta. Conozco a alguien que siempre ve en todos
lados el número siete.
Y es que las señales de la suerte
pueden aparecer en cualquier parte. Los jugadores están atentos
hasta cuando duermen. Tal vez el mensaje venga en un sueño. Por
eso es importante saber algunos códigos esenciales, como que soñar
con culebra es 32, o con pistola es 7. Sin embargo, lo de los sueños
no es de fácil lectura y casi siempre hay que componerlos: sumar
la fecha de nacimiento del que aparece —o jugarla al revés—, restar
el número de la culebra y tal vez hasta sea necesario multiplicarlo
por la pistola. Mmm… semejante sueño no debió ser nada agradable.
Los muy cabalosos van más allá y
sin vergüenza preguntan si uno se fijó en la placa del auto que
robaron o en la fecha de nacimiento de una persona que acaba de
fallecer. (Me contaba una amiga que una vez soñó con su abuelo
ya fallecido, y al contar a la familia su sueño, lo primero que
le preguntaron era si el señor no había revelado el número de la
lotería). Quien quita.
Dicen que el dinero llama dinero,
así que es más probable que el acumulado del Gordito termine en
los bolsillos de alguien que ya tiene. La suerte es loca y también
ciega. Por esta razón la gente no deja todo en sus manos y la “ayuda” con
ciertos rituales, como bañarse antes de que juegue la lotería o
no tener platos sucios en el fregador.
Es importante no toparse el día del
sorteo con ningún enemigo, como el vecino que quiere poner el radio
más alto que usted, el mismo del que sospecha le tiene su número
enterrado en un pote. Ese solo encuentro le puede salar el día.
Aunque muchos jugadores nunca fueron
amantes de las matemáticas, gracias a la lotería terminan por serles
fiel a un número y así como ven números bonitos (el que le gusta)
también los califican como “feos” (el que no le gusta) y duros
(el que le gusta, pero no sale).
Por ese número que le gusta muchas
veces está dispuesto a aceptar las imposiciones de alguna billetera
no tan amable “tiene que comprar uno bajo y uno alto” o sea casado,
o “tiene que comprarme una rifa”.
Para las dos o tres personas que
en este país nunca han comprado lotería, será de gran utilidad
saber que los números bajos, o sea las fechas, son los más buscados.
Muchos también se aseguran comprando las fechas al revés.
Aunque en reemplazo del ánfora, nunca
aceptaron el otro aparato, que soplaba las balotas, muchos chingueros
sí están dispuestos a hacer uso de la tecnología y consultan las
computadoras de la Lotería para saber dónde pueden encontrar sus
números favoritos. No importa si uno lo venden en El Parador y
otro en el mercado de San Felipe, allá van a comprarlo.
A pesar de tan meticulosa investigación,
las más de las veces la lotería resulta más traicionera que la
mariposa de Maná. Por más que una reme. Pasado el sorteo todo lo
que se oye es “¡Ay! me quemé”, “Lo tuve en la mano y lo dejé”, “Soñé con
mi abuela y no compré su fecha”, “Lo tenía el domingo y hoy no
lo compré”…
No importa cuántas veces se queme
una persona poniendo su fe —y sus ahorros— en la decena del 20.
Tampoco importa si jura y perjura que no vuelve a comprar nada,
que si la lotería es una trampa, que le vale si en el próximo sorteo
salen letras, que esos niños no sacan nada bueno, etc., etc. Pocas
memorias son tan cortas como la de un jugador, y unos días antes
del siguiente sorteo estará buscando el número que le dé su horóscopo
y componiendo sueños.
El panameño es...
Los expertos en convencer nos hablan de cómo
somos
Los publicistas se pasan la vida
investigándonos. Saben qué nos gusta comer en un autorrápido, si
nos montaríamos en aquel carro o preferíriamos el otro, si nos
preocupa más la marca o el precio, etc, etc... Nos conocen científicamente
y al detalle, con pruebas bien fundamentadas.
Con tanta información a mano y, sobre
todo, porque son panameños, se nos ocurrió preguntarle a dos creativos
publicitarios cómo nos ven.
Por dónde comenzar
Todos sabemos que los panameños son
alegres, campechanos, colaboradores, sensibles a las causas de
los más necesitados y muchas cosas buenas más. Pero ¿qué pasa cuando
un grupo de mujeres humildes te dice, por ejemplo, que no usan
platos desechables durante la semana porque eso significa que son
malas esposas ante sus maridos, mientras que la mujer de clase
media te asegura que merece un descanso y toda su familia lo acepta
sin chistar?
¿Cómo ignorar que en algunas sesiones
de grupo hay personas que aceptan que son “botellas” o que roban
luz porque se quedaron sin trabajo, cuando hay campesinos muy pobres
que usan “guaricha”? También he presenciado sesiones en donde a
nuestros jóvenes les preocupa mucho el destino de Panamá, pero
sienten que no hay oportunidades. Estas respuestas me afectan mucho
como profesional y como persona. A veces me hacen sentir impotente.
Estoy convencida de que ese panameño
alegre también sufre, ya sea por su color o por su condición social,
por su escasa educación escolar, o porque en casa hay violencia.
Panamá necesita mejores panameños, lo único que falta es convencerlos
de que tenemos mucho valor y más que todo el derecho a intentar
ser mejores a como de lugar. Hoy, ¡ya!
Como publicista no puedo cambiar
el mundo, pero afortunadamente me han tocado clientes que están
comprometidos con su rol social y nos permiten cumplir un objetivo
de ventas, pero a través de mensajes relacionados con los valores,
la honestidad y especialmente la autoestima.
Al margen de las encuestas, estoy
profundamente enamorada de los panameños; con todos sus defectos
y virtudes, pese a este subdesarrollo que nos pesa al andar. Especialmente
me llenan de orgullo nuestros campesinos, modelos insignes de trabajo,
que no buscan otra música que no sea la nuestra; que no esperan
nada y que entre ellos construyen sus propias casas.
Lucía Bonadíes Mora
Socia, subgerente general y vicepresidenta
directora general creativa de INSIGHT DDB. Ha creado campañas
de El Machetazo, Elektra (“Todo cambia cuando hay luz”), Coca-Cola
de Panamá (“Vístete de patria”), etc.
Qué contradicción
El panameño es aquel que te llama
y te pide las cosas a última hora, y si las haces, eres lo máximo,
y si no, eres un “plomo”.
El panameño es ese que comienza la
semana comiendo lechuga y pollo asado y la termina comiendo carimañola
y “no me olvides”.
El panameño es aquel que tiene en
cero la cuenta de ahorros, si la tiene, pero nunca se pierde una
feria.
El panameño es ese que pone el radio
a todo volumen, pero se molesta con el vecino cuando tiene la TV
muy alta.
El panameño es ese que hace fila
por horas, siempre y cuando en algún lado del letrero diga “gratis”.
El panameño es ese que es “experto” en
política sólo cuando vienen las elecciones y “experto” en fútbol
sólo cuando viene el mundial.
El panameño es aquel que pinta a
los “famosos” en la parte de atrás de los buses, pero ninguno se
parece al modelo real.
El panameño es ese que se queja del
calor todo el día, pero no se quita la manga larga porque está de
moda.
El panameño es aquel que cuando viene
diciembre, además de querer ver a los artistas, bueno a algunos,
saca de donde no tiene y da algo a la Teletón.
El panameño es muchas cosas... pero
sobre todo, el panameño es gente.
Miguel Trujillo
Director creativo de HZO
Ha creado campañas de Estampa
(“1 minuto de silencio”), Steven’s (“Amor”), Multi Credit Bank
(“Futuro”), entre otras.
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