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Recapitulando
Siempre es bueno
revisar los logros –por pocos que sean– para ajustar el rumbo y
llegar a la meta sintiendo que no ha vivido a plenitud
Julieta de Diego
de Fábrega
Se me fue
el año como una exhalación. Como suele irse desde que me convertí en
gente grande. No quiero ni mirar mi lista de buenos propósitos
del año pasado porque siento que estaría aumentando innecesariamente
las probabilidades de caer en una depresión profunda y no quiero
recibir la Navidad ni más gorda ni más brava. Así es que optaré por
darla por perdida y escribiré una nueva, pretendiendo que todo
lo que allí incluiré se me acaba de ocurrir.
Me río solita porque
no soy tonta y sé que mi cabeza, traicionera como siempre, me obligará a
recriminarme por todas las promesas incumplidas. Trato de engañarme
diciendo que hice otras buenas acciones y que por eso tuve que
dejar de lado las intenciones originales. Eso es una mentira como
cualquier otra, pues tampoco fue que puse en mi lista ocuparme
de construir el tercer juego de esclusas para el Canal.
Prometí que iba a
comer menos y comí igual. Juré que haría policía en mis gavetas
por lo menos tres veces al año y no llegué ni a la primera. Me
dije que necesitaba ser más paciente y, sí, fui paciente siempre
y cuando algo o alguien no me impacientara. Hice el firme propósito
de revisar todos los artículos que he publicado hasta ahora para
editar un libro y de chiripa logré cumplir con las fechas de entrega.
Como verán, el 2004
ha sido un año de obras inconclusas y propósitos olvidados. Pero
debo buscar consuelo, así es que reviso mi agenda para ver cuáles
fueron las cosas que logré hacer. Fui al supermercado siete millones
de veces, le presté mi oído y mi hombro a las amigas tristes o
confundidas, recé todos los días al acostarme y al levantarme y
no me compré nada que no necesitara.
Logré que salieran
50 fascículos de A la Mesa con recetas fáciles y bien sabrositas,
aunque ese mérito es compartido con muchas personas, y dentro de
una semana estaré celebrando la graduación de secundaria de mi
hijo número cuatro. Ayudé a organizar seis campamentos de servicio
social para enero del 2005 –ya ven por qué como demasiado– y estoy
en proceso de casar una hija.
Ya me estoy consolando,
pero creo que mejor dejo de estar haciendo alarde de mis logros,
so pena que me tilden de vanidosa. Me pregunto si valdrá la pena
preparar una lista para el otro año o si será mejor dejar que la
vida transcurra como mejor le parezca. Que me traiga problemas
para resolver y alegrías para disfrutar según estime conveniente.
Me pregunto si a
fuerza de quedarme callada lograré escuchar con más claridad las
instrucciones que me permitan seguir adelante agradeciendo a Dios
todas las bendiciones que ha derramado sobre mi familia. Me pregunto
si las misiones se buscan o salen al paso, me pregunto cómo se
sentirá tener cincuenta años.
Creo que por un momento
voy a dejar de pensar y me sentaré a disfrutar de las suaves brisas
que ya empieza a traer el verano. Cerraré los ojos y soñaré con
el Niño Jesús que está pronto a “nacer” con un libro de instrucciones
bajo el brazo para que todos los Hombres seamos mejores personas.
Quizás si uso su lista en lugar de la mía llegue más lejos.
Quizás si apunto
la brújula hacia donde el corazón me lleve logre terminar el 2005
en mejor forma. Pero la costumbre me obliga a sacar la hojita de
papel y anotar los pasos a seguir. No los tengo claros. Quizás
lo único que tenga que hacer es dedicarme a amar. Eso me gusta.
Lo voy a poner en mi lista.
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