Publicado el viernes 17 de diciembre de 2004 - Edición No. 766 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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LA VIDA EN FUCSIA

¡Por favor, no sobe!

Roxana Muñoz

Esperaba yo fuera de un banco cuando el guardia de seguridad –un señor bien perfumado vestido con una camisilla bien planchadita– divisó a 10 metros una mujer a la cual empezó a decirle:

“Mi corazón, cuánto tiempo sin verle. Está usted tan bella y preciosa como siempre. Permítame saludarla”.

No se confundan, no era la novia ni la esposa, seguro a que a ésa no le habla así.

Cuando la mujer estuvo más cerca, le agarró la mano y empezó a besarla cual Pepe Le pew (sí, ese zorrillo impertinente).

Hasta donde yo estaba se oía el mua, mua. La mujer con el brazo ensalivado, seguro hasta el codo, no sabía cómo deshacerse de él y sólo sonreía incómoda.

Me dio la impresión de que se conocían, de lo contrario le habría estampado una cachetada.

Era obvio que ella le había dado el dedo y el muy confianzudo se estaba tomando la mano, el brazo y lo que pudiera agarrar.

Sí, definitivamente era uno de esos hombres sobones, que aprendieron mal la lección de ver y no tocar. Afortunadamente no son muchos, pero con los que hay basta y sobra.

Creo que a pocas mujeres les gusta ser abrazadas, babeadas o sobadas por esta clase de personajes.

He visto mujeres que ni siquiera gustan de demasiadas demostraciones de afecto en público con sus novios y cuando el pobre se pone muy romanticón en medio del supermercado se le puede ver a ella la cara de “mjmj... hazte para allá”.

Acepto que como en Panamá somos latinos, con mucha influencia caribeña, nos gusta saludar afectuosamente, nos estrechamos las manos, nos damos un abrazo en las ocasiones especiales y hasta un beso de saludo cuando hay mucha confianza.

Pero de allí a esos abrazos eternos como los que le daba Trespatines a Angelita, que no la soltaba hasta que alguien lo apartara, hay mucho trecho.

Una amiga, que es un pan de Dios con todo el mundo, me contaba que ya no sabía qué hacer con uno de los seguridad de su empresa, cada vez que ella entraba y salía de la compañía –y por su trabajo tenía que hacerlo varias veces-– él quería saludarla con un beso y agarrarle la mano como por diez segundos.

Desesperada, y buena gente, como es, ella había optado por llevar las manos ocupadas, pero él entonces hacía uso de su voz más sensual, o eso creía él, para decirle: “Adióssssss, belleza”.

Cansada, un buen día tuvo que pararlo y decirle que él se estaba pasando, que ella era una mujer casada y que, por favor, fuera más respetuoso.

El hombre indignado la miró como diciendo: “¡Ay pues, farta!”, y desde entonces no le dirigió más la palabra.

Eso es lo malo que confunden la velocidad con el atropello. Algunos creen que con esta actitud son cariñosos.

Lo curioso es que tengo la sospecha de que ese tipo de hombres sobones no se comportan igual con sus esposas.

En lo personal, conozco a muchos hombres galantes, caballerosos y que jamás andan por allí de pulpos.

Hace mucho tiempo le oí decir a una compañera, “dirán que soy creída, pero no me gusta que me estén tocando”. Y entiendo, en parte, su actitud, porque cuando uno trata de ser amable, reírse de los chistes y ser amena los sobones interpretan la cosa mal, se confunden y creen que ya tienen permiso para estarle oliendo el cabello a una.

No sé si habrá mujeres sobonas, ni qué pensarán los hombres de eso, ustedes, caballeros, me dirán.



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