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Lo que nos debe
la vida. ¿O no?
Julieta de Diego
de Fábrega
Cada vez que leo
el poema Paz, de Amado Nervo, entiendo un poquito más la
dinámica de la vida. De esa que estamos destinados a vivir exactamente
como escojamos: felices, tristes, amargados, con profundidad, con
ligereza, solos, acompañados, en fin, las opciones son ilimitadas
y podemos optar por la combinación de ellas que más nos provoque.
Cierto es también,
que de esa combinación dependerá que nos levantemos cada día de
la cama pensando: “La vida es bella”, como la película, o maldiciendo
nuestra suerte. Encuentro que en este último grupo de personas
hay un subgrupo que tiene gran número de adherentes (casi más que
el PRD) y es aquel en que militan los que piensan que la vida está en
deuda con ellos.
Ustedes seguramente
conocen una, o varias, de estas personas. Para empezar son críticas,
muy críticas del resto de la humanidad porque son ellas, solo ellas
quienes tienen todas las respuestas. Perdón, todas las respuestas
correctas porque en cada una de las situaciones vividas sólo ellas
son dueñas de la verdad. Esto nos lleva a concluir que es muy difícil
ofrecerles un consejo, porque ¿qué podemos aportar nosotros, que
ellas no sepan ya?
Resulta que estos
personajes viven de accidente en accidente. Se casan, les va mal,
se divorcian. Se vuelven a casar, les vuelve a ir mal y se vuelven
a divorciar... x cantidad de veces. Consiguen un trabajo, les va
mal, renuncian; consiguen otro, les vuelve a ir mal, vuelven a
renunciar. Tienen un mejor amigo, se pelean con él, se separan;
cuando lo necesitan hacen las paces, sólo para volverse a pelear
con él. ¿Ven más o menos cómo es la cosa? Repiten sus errores una
y otra vez porque como no reconocen que se han equivocado o que
han actuado mal, no corrigen, ni ajustan.
Como son perfectas,
entonces consideran que el mundo entero debe estar rendido a sus
pies. Es decir, la vida y el mundo “les deben”. Yo no he podido
nunca descifrar qué es exactamente lo que piensan que tienen anotado
en cuentas por cobrar –creo que ellas tampoco– y es quizás por
eso que nunca están satisfechas. No saben a ciencia cierta qué esperan
de los demás y se sientan a recibir de todo el mundo para ver si
alguien les presenta el regalo que están esperando.
Nunca trate de complacer
a una persona así: es imposible. Si usted le ofrece helado de chocolate,
se lo va a comer todito y cuando termine le dirá: “La verdad es
que lo que me provocaba era helado de mango”. Y si usted la invita
al cine, irá, le aceptará la soda, el pop-corn y el boleto
de entrada, le dirá que mata por ver esa película porque alguno
de sus otros amigos genios se la recomendó, pero a medio camino
cuando le suene el celular con un plan mejor, la película (y su
compañía) empezarán a apestar como la sardina del Martes de Carnaval.
Si usted tiene un
problema (que bien puede ser emocional o simplemente una llanta flat)
ellas sabrán exactamente qué hacer siempre. Se lo dirán punto por
punto, pero no se van a ensuciar las manos por usted, así es que
no espere que se pasen una noche entera viéndola llorar. Si lo
hacen es porque seguramente no tienen absolutamente nada más que
hacer y créame que el tiempo que le dediquen será tema de conversación
para el resto de la vida. Porque es necesario anunciar “las buenas
acciones”.
A las personas que
usted conozca que caigan en esta categoría envíeles sólo esta estrofa
del poema Paz: “Porque veo al final de mi rudo camino/
que yo fui el arquitecto de mi propio destino/ que si extraje la
hiel o la miel de las cosas,/fue porque en ellas puse hiel, o mieles
sabrosas.”, a ver si entienden que la vida devuelve lo que
uno pone en ella. Sólo eso.
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