Los amigos que no conozco
Julieta de Diego de Fábrega
Este asunto de ser una persona semi-pública tiene sus ventajas y desventajas. Las primeras siempre más abundantes que las segundas, por aquello de que prefiero buscarle el lado bueno a la vida, pues el malo es bastante escandaloso y se muestra solo.
Creo que lo que más disfruto de mi aparición semanal en Ellas es el ir recogiendo amigos sin cara por ahí. Digo sin cara porque simplemente recibo sus cartas y jamás los he visto en persona, y digo amigos pues, aún aquellos que me escriben para criticar alguno de mis escritos, se merecen entrar en la lista, pues dedican su tiempo a leer mis divagaciones y a escribir al respecto.
Hay muchos que van más allá de escribir. Algunos me han enviado libros, otros música, otros algún checherito que les pareció me podía gustar. Los regalos los agradezco, pero lo que realmente me toca el corazón son sus palabras, pues me confirman que los seres humanos compartimos los mismos sentimientos y, aunque parezca mentira, muchas veces las mismas vivencias.
Me alegra saber, por ejemplo, que alguno de mis artículos ayudó a combatir la ‘cabanga’ a un panameño que vive en el extranjero, o que le confirmó a otra madre de familia que luego de la adolescencia sus hijos la van a volver a querer. Me divierte mucho también imaginarme cómo serán estas personas que me escriben -supongo que ellas hacen lo mismo, imaginar cómo soy yo-.
En otras ocasiones les he confirmado que no hay nada extraordinario en mí. Ando por el mundo metiendo la pata con frecuencia para luego tratar de sacarla, trabajando como el resto de los cristianos para ganarme la vida, soñando con jubilarme en mi finca donde no llega la señal de celular -aunque me gustaría que de aquí a mi retiro tengamos luz eléctrica para poder enchufar mi computadora-, esperando la llegada de algún nieto, la graduación de los hijos que aún estudian, tomando café con una amiga alguna tarde de ocio, en fin, nada fuera de lo normal.
Recibo los viernes contenta, con la propuesta firme de no trabajar el fin de semana, y el lunes me reprocho no haberla cumplido. Peleo con mis hijos por cosas importantes y también por tonterías para luego hacer las paces. Anhelo que mi marido llegue a casa temprano de la oficina, pero no me gusta que me cambie el canal de la televisión para quedarse dormido cinco minutos después. Se imaginarán que tengo que ver la misma película cien veces para poder completarla.
Voy al supermercado cada vez que puedo, pues no hay nada en la bolita del mundo amén que me divierta más que deambular por los pasillos leyendo etiquetas. Ese vicio es malo para el presupuesto, porque la carretilla tiene la manía de llenarse aunque el propósito original haya sido comprar dos litros de leche y un molde de pan.
Me gusta el campo, pero no lo puedo disfrutar con toda la frecuencia que me gustaría porque siempre tenemos una tripa colgando en casa y detesto que suene el teléfono de mi casa cuando estoy comiendo.
Supongo, porque me da la gana de suponerlo, que mis amigos desconocidos tienen vidas similares a la mía. Por la forma como escriben imagino que algunos son jóvenes y otros un poquito más viejitos -así como yo-. Me imagino que tres días a la semana llegan felices a sus puestos de trabajo y los otros dos lo hacen arrastrando las cutarras. Los pienso un día con su presupuesto perfectamente balan-ceado y al otro con un hueco enorme en el bolsillo. En otras palabras, los imagino caminando por el mundo más o menos igual que lo hago yo.
Yo no sé si he contestado toda la correspondencia que me han enviado. Trato de hacerlo, pero de repente alguna notita se me puede escapar. A todos gracias por ser mis amigos.
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