Mejor ni pregunte
¿Esa piña está dulce? ¿de verdad son de plata esos aretes? ¿esa gallina es de patio? A veces uno se arriesga a que le cuenten mentiras.
Roxana muñoz
Pueden ser los nervios, la pereza de pensar o el exceso de colorante en la comida lo que lleva a los humanos, que tanto hemos inventado y descubierto, a preguntar cosas sin sentido.
Hay preguntas que no deberían hacerse por tontas, por fastidiosas o porque a la larga le van a contestar a uno puras mentiras.
¿Te mojaste?, pregunta la gente cuando lo ve a uno empapado, y por lo tanto de mal humor. ¿Ya te dormiste?, gritan las abuelas, tías y mamás cuando alguien está acostado, con los ojos cerrados y desde hace media hora no pronuncia una palabra.
A pesar de todas las señales anteriores, insisten hasta que se les conteste ‘sí, estoy (estaba) dormido’.
¿Esos tamales estarán buenos? ¿esos zapatos son de cuero? ¿son de patio esos huevos? ¿ese ñame se ablanda? ¿está dulce esa piña? Las anteriores entran en el menú de preguntas que le hacemos a todos los vendedores.
Sabemos que probablemente no nos van a contestar la verdad –para ninguna mamá hay hijo feo– pero ni modo, hay que hacerlas. Nunca he visto a alguien que venda verduras decir: ‘ese ñame no se ablanda ni con un tanque de gas’. Muy por el contrario, ponen su cara de: ‘cómo usted se imagina que yo, un ciudadano pobre pero honrado, va a vender un producto de mala calidad’ y agregan con esa misma cara: ‘¡Uy! ese ñame está tan blandito que con solo ver la candela se deshace’. Conozco a una persona de muy mal genio que cada vez que le echan esos cuentos y no se le ablanda la verdura, hay que agarrarla para que no corra al mercado con todo y ñame cocido a reclamar.
Otras preguntas hechas al novio o esposo deben evitarse a toda costa por la tranquilidad mental de una: ¿fulana no te parece bonita? ¿crees que estoy gorda? ¿cómo era tu ex? Si la respuesta de él es honesta probablemente se termine en una discusión.
Yo que como periodista vivo de las preguntas, tengo que aceptar que muchas veces en esta profesión se nos va la mano. Cada vez hay menos, pero todavía salta por allí alguien que, micrófono en mano, le pregunta a una persona que acaba de perder todo en un incendio ¿y usted cómo se siente? El resto ve esas entrevistas con espanto, y qué no daríamos por lo menos por poder echarle una manito al afectado con una respuesta del tipo: ‘Aquí pues, fregada y encima teniendo que contestar preguntas necias’.
Pero si hablamos de preguntas majaderas, la que se lleva el premio es una que escuchamos por teléfono con mucha frecuencia: ‘¿Con quién hablo?’, y siempre llaman justo en la peor hora de la faena o cuando por fin logra una tomarse un respiro en el hogar. ¿No se dan cuenta de que esa pregunta es igual a ir de casa en casa tocando las puertas para decir: ¿usted quién es? ¿No le han enseñado a la gente que primero tiene que presentarse? Creo que esas son del tipo de preguntas que mejor no hago porque nadie me va a contestar.

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