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LA PRENSA/Oliver Meixner
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¿Y cómo le fue, salió todo bien?, suele preguntar Judith Batista Vergara a quienes han terminado un trámite en la Embajada de Brasil. Ella es auxiliar administrativa.
Flor, una amiga brasileña, la recomendó para el puesto. Dudó en aceptar el trabajo porque no hablaba portugués. Su amiga la convenció con un: “pero si tú haces que todo salga fácil”.
Pensó estar “por un tiempo” y se quedó 42 años. “Es que los brasileros, con su amabilidad, me conquistaron”, explica con una sonrisa.
Desde una ventanilla recibe a brasileños radicados en Panamá y a panameños que necesitan documentos para viajar a Brasil, aunque en calidad de turista no se requiere visa. En las décadas de 1970 y 1980, cuando muchos se fueron a estudiar a Brasil aprovechando los convenios, Judith los atendió.
“Me dicen: ‘Judith, todavía estás aquí’; yo les pregunto ‘¿te molesta?’. Responden: ‘¡no, me encanta porque te acuerdas de mis papeles!”.
Así es. Tiene una memoria prodigiosa, reconoce a quienes atendió hace años y sus documentos. Eso ha salvado a más de uno que perdió un papel. Judith se acuerda que en los archivos reposa una copia y la busca. Se lo agradecen mucho. Pero sus compañeros al verla en ese trajín le comentan: “Ay, Judith, esa no es tu obligación”.
Admite que le cuesta decir no, sobre todo a los brasileños. “Me pongo a pensar cómo me sentiría yo si me pasara un problema en un país extranjero. No me cuesta nada quedarme para buscar un papel a alguien que tiene a su mamá enferma y debe viajar de urgencia”.
Tampoco le dice no a los que llegan sin hablar el idioma. “Por ejemplo, con los chinos nos entendemos por mímicas, yo les hago las preguntas para llenar los documentos; les hago la
seña del anillo para saber si están casados y cosas así; aquí las muchachas se ríen y luego le echan el cuento al cónsul: ‘usted hubiera visto a Judith cómo
hacía”.
No todo es risas. Cuando el trámite no se puede y la persona se empieza a frustrar, ella le dice: “para que salga de dudas, hable con el vicecónsul”. Considera que es una de las ventajas que ofrece la embajada: ser atendido enseguida por un supervisor. “Eso al usuario lo calma porque ve que se echó mano de todos los recursos para apoyarlo”.
El secreto de su entusiasmo está “en ponerme a diario en las manos de Dios, y cuando algo me sale bien digo: ¡Señor, tú me amas!”.
Como todos, Judith tiene días mejores que otros: “pero si tengo un problema, el público no tiene la culpa”.
Entra a las 8:00 a.m. a las oficinas en la Calle Elvira Méndez, área bancaria. Como vive en Arraiján, madruga. “Llegar una hora antes me ayuda porque encuentro bien un estacionamiento, me organizo y cuando son las 8:00 ya estoy lista, si uno llega sofocado eso lo termina pagando el público”.
Entre 8:00 y 9:00 la embajada recibe menos público. Insistió en hacer esta entrevista en esas horas. Pero en el transcurso se disculpa para responder el teléfono y atender a alguien que se acerca a la ventanilla.
En 1994, la embajada le otorgó la Orden Río Branco, por sus años de servicio. El nombre de la condecoración lo tenía apuntado en un post it sobre su escritorio. “Es que para recordar estas cosas sí soy mala”. |