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Publicado el viernes 13 de noviembre de 2009
Edición No. 1026
Diario de Mamá
 
Las campanas de la iglesia
Julieta de Diego de Fábrega

 

Dicen que las campanas de las iglesias han sido, desde tiempos inmemoriales, una de las formas desarrolladas por los pueblos para comunicarse.  Su tañer nos avisa que es hora de la misa –o simplemente la hora en punto–, que una pareja de novios acaba de salir recién casada de la iglesia, que viene una invasión de tropas enemigas; en fin, suenan también por “el padre Antonio y su monaguillo Andrés”.

Sucede –como con muchas otras cosas– que de tanto escucharlas a veces dejamos de oírlas, lo cual es muy triste porque suenan divino. Yo, por ejemplo, vivo cerca de la Iglesia del Carmen. Como ustedes saben,  he vivido en este barrio la mayor parte de mi vida y en estos años las campanas han sonado de forma diferente. Antes estaban las viejas, las de metal, las que alguien tenía que mover tirando de una cuerda gruesa y balanceándose como un loco dentro de aquel campanario. Ahora hay unas modernísimas que entiendo suenan gracias a todo un conjunto de aparatos electrónicos. No me citen, no estoy segura, eso es lo que he escuchado.

Pero sea como sea, cada día, a la hora en punto, “doblan las campanas” para recordarme que es tiempo de levantarme o de acostarme o simplemente de partir para alguna pesquisa de esas que le toca a uno realizar a diario. Les confieso que cada vez que pienso en las viejas campanas –de cualquier iglesia– siento una profunda empatía por aquellos personajes que debían sonarlas equis cantidad de veces al día antes de que inventaran los tapones para los oídos. En aquel encierro, lo que a nosotros nos parece divino a ellos debe sonarles simplemente como un ruido infernal.

De todas formas las campanas y los campanarios siempre ejercen una atracción especial. Hay una especie de misterio envuelto en aquellas torres. No se sabe si es que las habita algún personaje raro y desfigurado como el jorobado de Nuestra Señora,  o si quizás sirve de albergue para un indigente que debe resignarse a comer y a vivir entre campanazos. Allí es muy posible que se hayan cometido crímenes de novela y de la vida real también; en fin, los campanarios son lugares llenos de historias.

Yo confieso que a mí me gustan las campanas. De hecho,  hace varios años, en un viaje a Medellín, Colombia, mi esposo y yo regresamos cargando con una campanita –porque era bastante pequeña– para la capilla nueva que estaba construyendo la comunidad en el “barrio” donde tenemos la finca.

A pesar de su pequeño tamaño, pesaba más que un mal matrimonio y tuvimos que dar toda clase de vueltas para que llegara en buen estado a su destino, siendo la primera prácticamente deshacernos de todas nuestras pertenencias para que el sobrepeso no nos costara un millón de dólares. No me alcanzo a imaginar cuánto puede pesar una campana “de verdad” como las del “padre Antonio”.

Sin embargo, ahora la capilla tiene campana y suena por aquellos cerros llamando a la gente para que venga al servicio religioso –misa no hay porque no alcanzan los curas– o a la reunión de padres de familia o a la venduta que se ha organizado en celebración de las fiestas del santo patrono. Es bueno tener campanas en la iglesia.

Recientemente estuve en Filadelfia con una de mis hijas y fuimos a ver la Campana de la Libertad (Liberty Bell), aquella que supuestamente sonó el 8 de julio de 1776 para llamar a los ciudadanos a escuchar la lectura de la primera Constitución de  Estados Unidos, y confirmé que no importa cuán grande o cuán pesada sea una campana, son frágiles, se rajan y son dificilísimas de componer, signo pues de que no todo lo que luce fuerte en realidad lo es.

Lo que sí es cierto es que las campanas de las iglesias y los campanarios que las albergan han enriquecido la imaginación del hombre por siglos. Ojalá nunca dejen de sonar.

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