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Publicado el viernes 05 de febrero de 2010
Edición No. 1038
Por la Sombrita
 
Las raíces lejos de la capital
Roxana Muñoz

 

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Mi papá, al igual que muchos, se vino del interior a la capital siendo muy joven. Los primeros años se quedó a vivir con sus hermanas mayores, las cuales en su momento habían sido hospedadas por otros familiares. Él no volvió a vivir en la tierra donde nació, pero un buen pedazo de él sigue siendo de allá.

Quienes se vienen del interior viven con el corazón dividido. Una parte acá y otra en el pueblo y en su gente que sigue allá, sus pensamientos van y vienen en encomiendas, en la ilusión de visitarlos pronto, en llamadas por teléfono para saber cómo están todos, qué hacen. Eso sí, cuando allá hay problemas es muy grande la angustia por no poder estar cerca.

Miles de panameños apenas llega Carnaval, Semana Santa, fiestas patrias o cualquier feriado largo abarrotan la terminal de buses para irse, así sea por dos días, a su tierra, que tal vez sea un lugar tan metido en el campo, tan pequeñito que su nombre ni sale en el mapa, lo cual no resta mérito  a ese pueblo donde está su gente, su hamaca, sus montañas, los palos que le vieron crecer libre, no encerrados como, en comparación, se crece en la capital.

La mayoría de los que migraron tienen una misma queja: “mis papás (los viejos) no se hallan acá, vienen por unos días (probablemente obligados por una cita médica) y al día siguiente ya quieren volver”. Extrañan su casa, su patio, sus animales, porque el tigrillo seguro se está comiendo las gallinas, porque fulanito capaz olvida echarle comida a los pollos, porque ya el guandú está de recoger… Pero yo también creo que se debe a que acá se sienten encerrados. Además, hijos y nietos quieren tenerlos sin oficio, de balde, y eso no va con ellos.

Admirables son esos padres, ahora abuelos, que educaron a sus hijos pensando que un día se iban a venir a Panamá para terminar la secundaria o para buscar mejores oportunidades de trabajo. Aunque les dolía en el alma pensar en la separación y en los peligros que podían enfrentar tan lejos, los criaron para ella, enseñándoles a valerse solos y a tener mucho cuidado por allá.

Con tantas vueltas que da la vida, a algunos de esos abuelos les ha tocado asumir el cuidado de los nietos cuando la mamá no puede y es que muchas madres trabajan toda la semana en la ciudad y el viernes o el sábado tempranito se van al interior a ver a los hijos con una inmensa alegría que dura apenas hasta la tarde del domingo cuando van de regreso nuevamente. Por suerte están los abuelos para consolar al muchachito cuando se va mamá. Para esos niños que crecieron así jugando con los tíos como si fueran sus hermanos, el interior  siempre será su otra casa, el lugar al que muchos quieren regresar, donde se sienten como sardina en el río y donde al reencontrarse con su gente enseguida recuperan su acento. ¡Ay hombe!

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