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Publicado el viernes 05 de marzo de 2010
Edición No. 1042
Diario de Mamá
 
El encanto de las bodas

 

Desde hace años decidí que me encantan las bodas. Esas fiestas en honor a una joven pareja formada por dos personas que  han decidido que se quedarán juntas “hasta que la muerte los separe”. Igualmente, desde hace años escucho que mucha gente detesta este tipo de fiesta. No sé si será porque costumbres anteriores mandaban que todos los invitados pasaran a saludar a los novios dejándolos extenuados luego de sonreír a varios cientos de desconocidos y además con los cachetes luciendo como una obra de Picasso  de tanto beso allí estampado.

Quizás en aquellos días las fiestas solían ser aburridas, no lo sé. Pero encuentro que ahora son más divertidas, gracias, probablemente, a que los novios han perdido un poco ese recato que se esperaba de ellos y son los primeros que bailan, saltan y convierten la pista de baile en un lugar que todos los invitados quieren visitar. Así, como verán, no entiendo dónde puede estar el aburrimiento en una fiesta de bodas. Sume a eso que generalmente tenemos la oportunidad de encontrarnos con personas que teníamos siglos de no ver, comemos delicioso y nos enteramos de cuál es la última patada de la moda, pues el desfile es variado. Las abuelas con su combo, en su mesa especial, no pierden ni pie ni pisada. Les gusta la música pero piensan que quizás está muy alto el volumen. Quisieran bailar pero cuando las vienen a sacar titubean un poco antes de dar el sí. ¡Ay no mijito, busca una muchacha más bonita que yo! Le contestan a veces al parejo que espera con la mano extendida.

Alejándome un poco de la parte superficial de la fiesta les cuento que me fascina observar la interacción de los novios, ese quererse tanto a pesar de los pisotones; esos ojos que sueñan con una vida de buenos ratos y largos años compartidos. Disfruto observando a los distintos tipos de “mamás de la novia”. Aquellas que disfrutan su fiesta bailoteando alegremente y por otro lado las  mortificaciones que no pueden alejarse del  bufé porque siempre hay una bandeja que requiere atención especial para que luzca como si la acabaran de sacar.

Y luego de tanta “fijadera” llego al papá de la novia… y se me cae la baba, pues esa noche hasta el más seco y estricto de los padres se transforma en un pedazo de gelatina que no sabe cómo manejar la “partida” de su niña. Y vamos, que no importa si esa niña tiene 35 años y lleva 10 viviendo fuera de casa. Es el entregársela a otro hombre lo que los pone nerviosos. Aun cuando ese hombre les parezca buenísimo y les caiga muy bien. Surgen todo tipo de dinámicas con los papás. Están los que lloran desde que van caminando hacia el “altar” y los que guardan las lágrimas para el final del evento. Están los que no dejan que más nadie baile con su hija y los que se sientan a mirarlas con cara de hush puppy mientras bailan con los amigos, el padrino y el novio sin atreverse a cortar por miedo a romper la magia. Vemos también a los que cada vez que se mueven de su sitio aprovechan para “chocarse” con la novia, darle un abrazo muy apretado y decirle algún secreto que todos nos quedamos con ganas de escuchar. Y es que al final de ver tanto divorcio y tanta pelea siempre quedan los padres con la mortificación de si su querida hija va a ser feliz.

Nunca se sabe. Se reza mucho, eso sí, porque no hay progenitor que no sueñe con la felicidad de sus vástagos. Para eso los quisimos, los educamos, les dimos las herramientas para la vida –las que según nosotros se necesitan- y luego de tanto trabajo, pues lo lógico es que queramos que todo funcione bien, que nos regalen muchos nietos y que en unos años nos sienten en la mesa privilegiada de las abuelas, a verlos casarse en una fiesta donde definitivamente la música está muy alta.

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