Todos ustedes, mis queridos lectores, seguramente alguna vez se habrán preguntado para qué están en este mundo. Yo lo he hecho mil veces. No tendría sentido que nos dieran alguno de los tan escasos lugares que quedan disponibles sobre la faz de la tierra simplemente para que uno pasara la vida en calidad de bulto.
Muchas veces, ante estas preguntas existenciales, uno busca respuestas muy importantes, cuando en realidad son las pequeñas tareas las que ayudan a que la vida sea más cómoda y el mundo un mejor lugar. Cuando hablo de respuestas importantes me refiero a la ejecución de grandes causas. De pasar a la historia como un “personaje” cuyo nombre se menciona en libros, reportajes de televisión y que se mantiene vivo en la mente de las generaciones que le siguen.
Sería muy injusto pretender que toda persona está destinada a tener una vida tan “grande”. No habría suficiente papel para documentar tanta vida. Sin embargo, cumplir con las tareas básicas a cabalidad es una misión con suficiente importancia como para que la realicemos con toda la intensidad que merece. Así, a las madres les tocará querer a los hijos, a los profesores les tocará educar, a los médicos sanar, a la gente de Dios enseñar su palabra, y así sucesivamente.
Yo pienso que no hay tarea pequeña en la vida. Todas, por más insignificantes que parezcan, tienen valor intrínseco. Algunas son muy difíciles y otras se ejecutan con relativa facilidad, pero si nos las han asignado es porque deben hacerse. Llevar a cabo las tareas fáciles no tiene mucha ciencia, pero cuando se enfrentan las difíciles, es allí donde muchos se rebelan.
Lo primero que viene a la mente es que nos han castigado. Vemos que perder un hijo debe ser un castigo; sufrir de una enfermedad grave debe ser un castigo; quedarnos sin empleo debe ser un castigo, quizás, pero ¿qué tal si en lugar de sentirnos abatidos ante una situación difícil, la vemos como una tarea y ponemos manos a la obra para resolverla?
Ustedes dirán que hay cosas que no tienen solución y yo estoy de acuerdo, pero si bien el hecho puede ser irreversible, es cierto también que éste puede ocasionar que ejecutemos otras acciones que a la postre nos traerán satisfacción. ¿Para cuántos la pérdida del trabajo no ha significado la creación de una empresa propia en la cual han sido muy exitosos? Seguramente usted conoce a alguien que ante una gran pérdida dedica tiempo a consolar a otros que han sufrido lo mismo y se convierten en el bálsamo sanador que esas personas necesitan.
Ejemplos como estos hay miles, y en casi todos los casos, quien reconoce que lo que parece un castigo no es lo último, sino una tarea vital, la cumple a cabalidad. Muchos de los grandes filántropos de la historia han sido personas que han sufrido algún revés en la vida.
Alguna vez, en algún tiempo lejano, cuentan que los educadores solían mandar a los niños mal portados a una esquina del salón. Ahí debían quedarse durante el tiempo que se estimara conveniente mirando a la pared. Suena como un castigo tonto, claro, ¿qué beneficio se puede obtener de pasarse 10 minutos mirando a la pared? Bueno, quizás el propósito era que el “castigado” tuviera un momento de introspección, que pensara sobre sus actos y cómo enmendar su falta.
¿Qué tal si ante una situación incómoda o difícil nos retiramos unos minutos hacia un lugar donde podamos pensar en paz sobre la razón del evento? ¿Qué tal si ante el “castigo” dedicamos esfuerzo a buscar la tarea que viene acompañándolo? ¿Qué tal si cada uno se dedica a cumplir la misión que trajo bajo el brazo cuando llegó a este mundo? La Tierra se convertiría en un lugar amable. ¿No creen? |