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Publicado el viernes 23 de abril de 2010
Edición No. 1041
Por la Sombrita
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El carro de Giorgio

 

Si usted piensa que ha visto carros desordenados, enchecherados, patas pa’ arriba, que por su contenido son un peligro para la salud, permítanme que les hable del automóvil de Giorgio.

Él me ha ofrecido tantas veces su carro, que se ve muy feo el que  escriba esto, pero es mi deber hacerlo. El mundo tiene que enterarse. Además, me dio  permiso.

Lo normal es que en su carro haya tres latas de Coca Cola vacías, arena de la playa (o lodo de montaña), volantes, revistas arrugadas (es que se mojaron y se volvieron a secar) algún envase  con algo que fue comida  pero ahora parece un experimento de biología (como esos del moho en el pan),  centavos,  además de cenizas y olor a cigarrillo.

En ese carro el aire acondicionado mal que le sirve (es que él maneja con el aire encendido y las ventanas abiertas); el agua se le mete por debajo, está rayado, raspado, abollado,  y una vez le quebraron la ventana del lado izquierdo y los pedacitos de vidrio estuvieron una semana tirados dentro del carro.

“¡Pero, no te da miedo de que se corte tu esposa!, le comentó alarmado un amigo aquella vez. A lo que Giorgio respondió. “No preocupar, ella tener cuidado al subir”.

Ay, es que mi amigo, no les he dicho, es un europeo con una pizca oriental, y panameño por elección.  Su himno y su bandera son: Don’t worry be happy.

Fue conversando entre amigos que llegamos a la conclusión de que en el carro de Giorgio se daban avistamientos sorprendentes.

Ana dijo que una vez descubrió el techo del auto lleno de salpicaduras; eran como chispas de color marrón.

- ¡Ay Giorgio!, ¿qué son esas manchas?

- Oh, no es nada, no es nada. Una soda que se explotó, seguro fue por el calor.

A Mary le tocó ver cómo el agua se metía dentro del carro.

¡Giorgio, se está inundado tu carro!

- Ah, no te preocupes, tiene una semana así.

Y dos semanas después, cuando yo subí,  olía a perro mojado, o sea a alfombra a medio secar, averagüada.

A Enrique no le llamó la atención un olor, sino un tallito verde. En el maletero  había un coco nacido. Alguien –que no lo conoce bien–  se le ocurrió regalarle fruta a este hombre que nunca saca nada del carro.

El mismo Giorgio ha aceptado que si su carro pudiera hablar o defenderse como el Auto Fantástico o uno de los Transformers, hace tiempo se habría trancado y le habría dicho: “¡tú no entras más aquí!”. Si existe un cielo para carros, allá irá el de mi amigo Giorgio.

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