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Publicado el viernes 27 de agosto de 2010
Edición No. 1057
Por la Sombrita
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Sábado en La Central
Roxana Muñoz

 

Mandados. Esa era la razón de todos aquellos sábados que, años atrás, las mamás capitalinas dedicaban a la famosa Avenida Central. Hasta allá había que ir a pagar el club de mercancía, comprar chances, depositar el ahorro de Navidad, irse a medir el traje donde la modista en Santa Ana, conseguir sebo de cuba en El Javillo, internarse entre los racks de El Uno o El Chapulín o si había más platita entre los de Garbo o Bon Bini, y alguno que otro sábado tocaba comprar un pastel de cumpleaños en Dulcería Ideal.

Todo traído y llevado en bus. Casi todas las rutas de transporte daban la vuelta en Calle 12. ¿Quién no sabía de esa calle? Cerca estaban las barberías, los cines, la panadería, la iglesia de Santa Ana, el parque. Pero, ¿pueden creer que cuando traté de explicarles una dirección a unos universitarios hablándoles de Calle 12 no tenían idea? Les insistí: “es allí donde la panadería de Lucianito”. Más perdidos quedaron.

Claro, La Central de ayer no es la de hoy. Antes no había palomas, macetas con plantas, bancas, adoquines. Las aceras eran tierra de buhoneros, raspaderos, vendedores de guineo, agua de pipa y pixbae; no faltaban los puestos con soldaditos de plástico y muñecas causales de berrinches infantiles porque: “¡mamá, yo quiero!”; “¡mamá, cómprame uno!”. Y las mamás duras que decían “no”,  “no” y “pórtate bien o no te traigo más”.

Para minimizar ese tipo de escenas, creo, mi mamá solo nos llevaba por esos lares como cinco veces al año. Una de ellas era en septiembre para una visita al paraíso: El Millón de La Central, donde nos preguntaba qué queríamos para Navidad. Como no se podía escoger todo, terminábamos señalando el Castillo de Greyskull y la piscina de la Barbie.

Mamá miraba los precios y solo decía que había que ver si entre el Niño Dios, los Reyes Magos y Santa Claus podían, aunque ya tenían muchos compromisos. Por fortuna, siempre podían gracias a los clubes de juguetes que mamá pagaba a escondidas nuestras para no desbaratarnos la ilusión.

La salida a La Central no estaba completa sin una vuelta por Salsipuedes. Allí, ¿qué no había?: Revistas de bordados de punto en cruz, pasquines de Memín y Kalimán, vestidos coposos para niñas, montañas de cutarras, tembleques, fantasía dizque fina, frascos con baños de la suerte, telas para saborete kunas y unas bolas de cocadas con pepita de marañón que se vendían en baldes. Igual de variado era el abanico de olores a libro viejo, cuero, incienso, mentol, pachulí, fritanga, alcanfor, según por donde uno fuera pasando.

El paseo incluía una que otra incomodidad: el esmog de los buses y  sus troneras. El caminar con paquetes entre un coro de “perdón” y “permiso” por esas aceras que cuando llovía se volvían jabonosas, y había que despabilarse porque de cualquier alero caía un chorro de agua dudosa.

Aun así, ¡qué tiempos aquellos!

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