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Publicado el viernes 09 de noviembre de 2012
Edición No. 1182
Diario de Mamá
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Lo que sea por una buena hojaldra
Julieta de Diego de Fábrega

 

Cuando Toño compró su finca en Penonomé, hace ya casi dos décadas, viajábamos todos los domingos por horas para llegar a ese monte. No había doble vía en la Interamericana, el trecho final antes de llegar a nuestro rancho era una pesadilla y en resumen el día de viaje solía ser muy  largo. 

Como la partida era antes de que saliera el sol, ya para cuando íbamos llegando a Río Hato el estómago empezaba a clamar por sustento para romper el ayuno. En la bomba de gasolina una china vendía toda clase de carnes y fritangas, así es que podíamos variar el menú. Lo que no faltaba nunca eran las hojaldras puesto que eran buenas, y como es algo que uno no suele comer a diario se aprovechaba la oportunidad. 

Los expertos en hojaldras (hojalda, hojaldre, con ache o sin ella) seguro estarán de acuerdo conmigo en que se consiguen en muchos sitios, pero buenas, buenas de verdad, son pocas. Tienen sus truquitos estos orejones de masa frita.

Con el correr del tiempo hemos ido migrando de “puesto de comida”, porque en Panamá por alguna razón apenas algo se vuelve popular el dueño piensa que puede  bajar la calidad sin que pase nada.  Es posible que algunos se resignen a pasar de algo bueno a algo malo sin quejarse, pero yo no soy de esas y a la primera que un producto deja de cumplir mis expectativas dejo de visitar el sitio. 

Toño y yo hemos pasado por el puestecito de “más adelantito”, por Delicias Margot, que sigue siendo bueno, pero de tan bueno que es  hay que pararse en fila desde la noche anterior;  por los “Gallos Pintos” en Penonomé; hemos visto pequeños puestos en Las Uvas (curvas de El Valle) crecer hasta convertirse en enormes terrazas que mueven decenas de comensales; en fin, creo que hemos comido “desayuno panameño” en todos los puestos disponibles entre Panamá y Paso Real. La medida para quedarnos o no siendo fieles es la calidad de la hojaldra. 

Hace unos días me tocó dormir en el Centro Médico Paitilla acompañando a una hermana, y bien tempranito bajé a buscar mi desayuno.  Mato por los pancitos de ese hospital. Llegué antes de que abrieran y ya la fila tenía un tamaño respetable, pero por aquello de que “al que madruga Dios le ayuda” yo estaba entre las primeras.

Llego con mi bandeja al mostrador donde se ordena la comida y veo que, además de mis adorados pancitos, había hojaldras. Mi ojo crítico me indicó inmediatamente que eran de las buenas, así es que decidí cambiar el menú y además comprar un par “para llevar” y así aplacar el hambre de la voluntaria que debía reemplazarme más  tarde.

En esas se formó una buena. Casi, casi un jala-panty como le digo a los revolcones y arrebatiñas. Desde el final de la cola escuchaba  a la gente hablar con los que estaban  más cerca: “Pedrito, pídeme dos hojaldas, aquí tengo la plata”; otros llamaban al despachador por su nombre para confirmar cómo iba el inventario; quienes ya  pedían  su desayuno usual añadían varias unidades, algunas “para aquí” y otras “para llevar”. Yo estuve entre los últimos.  Mis ojos no me engañaron. Las hojaldras estuvieron muy buenas. ¡Qué tentación! Estoy por preguntar si las hacen en un día fijo cada semana para ni aparecerme por allá. Mi cintura no necesita ni una más.

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