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Publicado el viernes 09 de noviembre de 2012
Edición No. 1182
Por la Sombrita
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El gran ‘Cabito’
Roxana Muñoz

 

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El perro que más quise ni siquiera fue mío. Era de mis abuelos y se llamaba ‘Cabito’. No estuve presente ni el día que llegó a la casa ni el día en que se murió, eventos que ocurrieron hace muchos años.

Aunque era un perro mestizo, criollito, tinaquero  o como prefieran ustedes llamarle, a leguas se notaba que era especial.  Mitad negro y mitad melaza como asemejando a un doberman, digo yo,  pero con pelaje y porte de un labrador. Tenía el rabo trucho, imagino que de allí venía su nombre.

Oí varias historias sobre su origen que nunca me molesté en verificar. Algún primo me dijo que su mamá era un perro policía. Otro primo me dijo que policía no era la mamá, sino el dueño.

Insisto, ‘Cabito’ era especial. Más que el otro perro que por ese tiempo tenían en casa mis abuelos: ‘Capitán’. Por suerte ‘Capitán’ nunca va a leer esto ni voy a herir sus sentimientos.

Ambos seguían a la gallada de primos a todos lados. De nada servía que les gritáramos ‘¡Váyanse para la casa!’. De todos modos nos acompañaban a la tienda, a la quebrada, a la playa, a coger mangos,  a comprar pan donde Rosa, a buscar duros de coco donde la Sra. Carmen. A veces pensábamos que nos habían hecho caso y  al volver la mirada allí estaban echados bajo la sombra, cerca de nosotros. A ‘Cabito’ le gustaba bañarse en la quebrada y cuando lo hacía su pelo le quedaba brilloso durante días. Cuando estaba por llegar alguna visita  levantaba su cabeza y sus orejas en alerta. Cruzaba sus patas con mucho estilo.

También practicaba el conocido deporte perruno de ladrarle a las llantas de los automóviles, pero no crean que era un perro neurótico de esos que ladran a todo lo que se mueve.

Mi hermano, que siempre ha sido cariñoso con las mascotas,  pasaba rato enseñándole trucos para que se parara en dos patas y  acariciándole el buche. Pero no crean que ‘Cabito’ era un perro aplatanado y burgués. No, señor.

Una vez un primo inventó disfrazarse con un pantalón de faena, camisa manga larga y sombrero de soplar fogón, y cuando ‘Cabito’ lo vio y no lo reconoció, se le abalanzó. Todos quedamos impresionados por su coraje. Por supuesto que se llevó la reprimenda del siglo por parte de mi abuelo por casi morder a alguien de la casa. Pero allí  nos demostró que estaba dispuesto a defendernos de extraños.

Con nosotros era muy cariñoso.  Si un familiar llegaba a casa movía su pequeño rabito con tanta gana, y aun cuando estuvo viejito y le costaba ponerse en pie seguía moviéndolo a manera de saludo.

Formó parte de una época feliz en mis vacaciones de niña en el interior, tal vez por eso llegué a apreciarlo tanto. Mi mamá, que no es muy amante de los perros, siempre decía “a ‘Cabito’ solo le falta hablar”. Mamá tenía razón.

He tenido otros perros a los que he querido, pero el lugar de ‘Cabito’ no lo ocupa nadie.

Semanas atrás un conocido me comentó que no entendía cómo las personas se apegan tanto a los animales y al fallecer los lloran como si fueran una persona. Para mí es fácil comprenderlo. El gran ‘Cabito’ se ganó un pedazo de mi corazón.

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