Hace unos días mi hermano Juan Carlos contó una anécdota que le había impactado mucho. Mariano Puig, uno de los hijos del fundador de la casa de perfumes y moda que lleva su nombre, visitó Panamá.
Don Mariano ya es un hombre mayor y desde hace unos años delegó su cargo de cabeza en un miembro más joven de la familia. En un evento aquí, él dirigió unas palabras a los asistentes sobre su vida. Entre otras cosas dijo que, reconociendo todas las bondades de la educación académica, tenía que manifestar que donde más había aprendido desde la infancia había sido en la “mesa familiar”. Los almuerzos y cenas en familia con padre, madre y hermanos compartiendo vivencias y experiencias de todo tipo habían representado para él la mejor escuela del mundo. Con esto creo yo que mandó dos mensajes: el primero, que es necesario pasar tiempo en familia, y el segundo, que los hijos merecen nuestro respeto y que conviene compartir con ellos asuntos de importancia de todo tipo.
Continuó don Mariano compartiendo un proverbio que su padre don Antonio Puig –fundador del grupo– repetía con frecuencia, y que dice que en la vida hay cinco etapas importantes: la primera, aprender a hacer; la segunda, hacer; la tercera, enseñar a hacer; la cuarta; hacer hacer (ajá, dos veces hacer); y la última, dejar hacer. Para él, seguir estas indicaciones había sido en cierta forma la clave para el éxito que ellos como empresa familiar habían tenido manejando las sucesiones de mando.
Busco el verbo hacer en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua y tiene 58 definiciones. Vamos, que yo sabía que era importante, pero ¿58? Pues con esa carga definitivamente que nadie puede pasar por la vida sin haberlo conjugado aunque sea un par de veces.
Lo importante aquí –creo yo– es el orden de las cosas, un poco como el orden de la vida, y entre líneas vemos la responsabilidad de los padres por contribuir a que se lleve adecuadamente.
Mal puede hacer quien no sabe cómo, y esa primera tarea, la de aprender a hacer, viene casada con la tercera, que es enseñar a hacer. Como niños aprendemos en primera instancia de nuestros padres desde las cosas más básicas, como llevarnos una cuchara a la boca y a cantar Los pollitos hasta cómo manejar nuestra familia más adelante.
Hacer es algo que debemos manejar por nuestra cuenta, y que si lo hacemos bien quizás nos lleve a la posición de quien logra “hacer hacer”, es decir, podría convertirnos en un buen líder que lleve a otros a realizar eficazmente lo que se necesita cuando se necesita.
Dejar hacer es la culminación del trayecto de “haceres” con que la vida nos haya retado. Y no quiere decir esto que nos recostaremos de un muro a no hacer nada, no señor, simplemente entregaremos a quienes hemos entrenado la batuta de su propia vida y sonreiremos al verlos lanzarla al aire. |