Muchas de nuestras decisiones financieras están muy influenciadas por estas poderosas emociones: la envidia y la competencia.
Es frecuente la envidia y la competencia secreta con el vecino, los familiares, el compañero de trabajo, y lo más paradójico, con gente a la que no le importamos para nada.
En la vida diaria no es raro ver entre amigas y amigos cómo se desarrollan estas emociones sobre quién gana más, a quién le ha ido mejor, quién tiene la mejor casa, el celular más moderno y caro, el televisor o la cartera más costosa, el mejor carro o los hijos en la escuela más cara.
La competencia sana no es mala en sí, pero puede convertirse en envidia, una emoción que sí es dañina, que corroe el alma y los pensamientos.
Cuando nuestros objetivos no están claros y nos convertimos en coleccionistas de objetos para competir con otras personas, el dinero nos hace su esclavo. Nos esforzamos en demasía, sacrificamos tiempo de calidad para nosotros y los nuestros.
Joe Domínguez y Vicki Robin, en su libro La bolsa o la vida, alertan sobre ese problema y nos advierten de que “si la intención es tenerlo todo, nunca tendrá suficiente”, sobre todo si no sabe cuánto es suficiente.
Para superar un espíritu de competencia anormal, lo primero es reconocer que se ha actuado de una manera perjudicial para la autoestima. Lo segundo es trabajar con su interior para identificar de dónde viene ese sentimiento de inferioridad que obliga a compararse constantemente con los otros. Al vivir de esa forma, su vida es controlada por las acciones y pensamientos de otros.
Es importante que se pregunte y responda: ¿qué es lo que realmente quiere y le hace feliz? Saberlo ayuda a liberarse de la envidia y la competencia exagerada.
Debe haber una correspondencia entre lo que gana y su estilo de vida. Vivir compitiendo por estatus y posesiones podría ser igual a una carrera en la que quizás está siguiendo a un perdedor con apariencia de ganador. La envidia malsana, al igual que la competencia enfermiza, son reflejos de problemas psicológicos asociados a una débil autoestima y a un sentimiento de inferioridad.
Ese afán de tener cosas iguales o mejores que el otro lleva a cometer errores: atrasos en nuestros compromisos, abuso del crédito, la compra de artículos innecesarios o que sobrepasan nuestras posibilidades. En fin, llenarse de problemas asociados al dinero.
Es sencillo combatir estas malas costumbres. Aléjese de los gastos y actividades que giran principalmente en torno a impresionar a otras personas. Trate de hacer nuevas actividades. Si su círculo de amigos todavía se centra demasiado en impresionar a los demás y les importa mucho lo material, explore nuevas relaciones.
Su vida es única, no tiene comparación con la de otros.
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