¿Qué mal habremos hecho, que ya no tenemos derecho ni a estar en paz? Las empresas de servicios creen que estamos aquí pues, sin nada mejor que hacer que atenderlas.
Hace unas semanas almorzaba con unos amigos y uno de los teléfonos no paraba de pitar, pero el dueño lo ignoró. Cuando minutos después lo revisó exclamó: ¡voy a demandar a esta gente!
Pensé que estaba harto de la mala señal o de la data tortuga, pero no.
‘¡Miren esto!’, dijo, y nos mostró que en su celular habían entrado mientras comíamos cinco mensajes de texto iguales diciendo que podía hablar a Bolivia, a Tailandia y a la Conchinchina por tarifa especial.
Días atrás me prestaron un celular que tenía 200 mensajes de texto. No habría sido raro de ser el teléfono de una quinceañera. Pero era el de mi madre. “¿Usted por qué tiene 200 mensajes de texto sin leer?”. Su respuesta: “Esa gente de la compañía de teléfono me manda eso todo el día. Tu hermano borró un poco. ¿Y ya hay 200?”. 201, pues mientras ella hablaba entró otro.
Como su teléfono es prepago –parece que eso merece un castigo– la compañía de teléfono le escribe: “Llame a Bahamas por medio precio”, “Llamé a medianoche y pague menos”, “Mandé un mensaje de texto al 0101 y gané no sé qué”. Entre tanto mensaje basura no alcanza a ver los importantes.
¡Ah! Y no es la misma compañía de teléfono que la de mi amigo, pero ambas son iguales de perversas.
Porque es perverso quitarle el tiempo a los clientes de esa manera, o peor aún perturbarlos cuando llegan a casa cansados de trabajar y buscando un poco de paz.
Ya temo contestar el teléfono fijo de mi casa. Probablemente es la voz de una grabadora ofreciendo más velocidad de internet, un nuevo servicio de cable o –el colmo– recordándome un pago que ya cancelé. “Si es así –ay, perdón, olvide el mensaje”.
Todo el mundo tiene derecho a ganarse la vida y llevar el pan a su casa de manera honesta, ¿pero no sería más efectivo a cada cliente si le interesa o no recibir mensajes de texto publicitarios y qué tipos de promociones le interesa?
En lugares como Estados Unidos e Inglaterra, para proteger al consumidor, hay un registro de “No llamar”. Usted inscribe allí su teléfono y las compañías no deben molestarle más.
Pero nunca falta un vivo. En Inglaterra Richard Herman, cansado de que lo llamaran cuando había pedido que no lo hicieran, le advirtió a un supervisor de telemercadeo que la próxima vez les cobraría 16 dólares el minuto.
Para su sorpresa –a mí no me sorprende– lo llamaron dos días después. Herman cronometró la llamada y mandó su factura de 312 dólares por el uso de su tiempo.
¿Como le quedó el ojo a los de la empresa? Se indignaron y dijeron que ellos no le habían llamado, que ni siquiera tenían su número, pero subcontrataban a una compañía que les hacía el telemercadeo. Tal vez habían sido ellos. El Sr. Herman había grabado las llamadas y puso una denuncia. Antes de llegar a juicio, la compañía prefirió pagarle los 312 dólares, la cuenta de luz y los gastos legales. Este hombre es mi héroe.
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