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Publicado el viernes 21 de diciembre de 2012
Edición No. 1187
Diario de Mamá
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Llegando al final
Julieta de Diego de Fábrega

Esperamos con ilusión la visita de nuestros hijos ausentes que traerán con ellos al nieto, también ausente...

 

Nunca he ansiado tanto que un año llegue a su fin como en este 2012. Me preocupa esta desesperación, ya que siempre tiene uno en mente aquella máxima que dice que hay que tener cuidado con lo que se desea, pues se puede convertir en realidad y vaya usted a saber si  2013 será peor.

Pero bueno, hay que ser consistente con lo que uno predica y yo llevo ya más de seis meses tratando de adelantar el 31 de diciembre para ver si  aquel año que llevará al final el número de la mala suerte resulta mejor que este.

Leo los párrafos anteriores y me suenan terriblemente pesimistas,  sentimiento que no suelo incluir en aquellos que alimento, pero hay días en que por más que uno quiera no puede sacudirse la tristeza. Y es que sin darnos cuenta vamos acumulando pesares, y a la vuelta de un día cualquiera nos damos cuenta de que de tanto cargarlos se produce un cansancio emocional terrible.

Para rematar, por lo menos en mi caso, viene revuelto con la gran afición que le tengo a la Navidad, y se pueden imaginar que no es ni más ni menos que arroz con mango en el espíritu.  Por un lado me emociona pensar que en casa vamos a hacer tamales, faena que ocasionará más de un inconveniente, pero igual que ha sucedido en años anteriores traerá muchas risas, historias compartidas y anécdotas que guardar para los años siguientes, y ojalá para el resto de la vida, como aquel año en que una de las pupilas llegó a preparar su relleno con pechuguitas deshuesadas.

Está también la celebración que la familia extendida organiza en alguna comunidad rural, y que al igual que los tamales, nos ofrece la oportunidad de disfrutar de un delicioso cansancio asociado con la preparación de cientos de “raspaos”, la organización –por parte de la generación joven- de juegos réquete divertidos, la distribución de comida y juguetes, y luego un largo viaje de vuelta a casa.

En casa, este año Fábrega me dio el mejor regalo del Día de la Madre de la última década, ya que pacientemente me ayudó a decorar la casa, que no es tarea sencilla por aquello de subir y bajar de la escalera setecientas veces, pero que con ayuda resulta no solo más fácil, sino mucho más divertido. Esta compañía nos permite primero terminar en menos tiempo y segundo tomarnos una copita de ron ponche, pues ya dos personas ingiriendo bebidas alcohólicas se considera un evento mientras que una sola, pues…

Esperamos con ilusión la visita de nuestros hijos ausentes que traerán con ellos al nieto, también ausente, lo cual seguramente implicará un corretear constante, pero qué más da, para eso son los abuelos, para pasar la mitad del día tirados en el piso haciendo de payasos. Veo pues que a pesar de la rabiecieta que le tengo al 2012, los días que faltan para que termine pintan muy bien, o por lo menos después de la revisión general ocasionada por este artículo, ya los estoy viendo menos grises que los 350 que han quedado atrás.

Los dejo porque tengo que revisar mi lista de pendientes.

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