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Publicado el viernes 21 de diciembre de 2012
Edición No. 1187
Entre nos
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Mi arbolito
Lizzie Brostella / Psicóloga clínica

No tendrá ostentosos adornos, pero es inmensamente rico

 

Veinte días antes de la Navidad empieza el movimiento en la casa. Las mamás traen a los niños y cada día vamos haciendo cosas: cantando villancicos, horneando galletas, pintando algún adorno, escuchando la historia de san Nicolás de Bari, del nacimiento del Niño Jesús, centrando el interés en otra cosa que no sea  recibir regalos.

Aprendemos acerca del dar y encontramos el regalo que cada uno lleva dentro de sí para la humanidad. Tengo como unos siete años que no hago muchas de estas tareas. No hay niños en mi casa desde hace un buen rato y sus edades me han forzado a cambiar un poco, además de repensar en más de una ocasión cómo hacer que siga teniendo ese sentido tan especial de esta época, alejándolo del escenario infantil.

He sido una persona muy inclinada a la fantasía y a encontrar soluciones a los conflictos cotidianos en las historias o cuentos. Creo que la fantasía es un gran recurso: la creamos para seguir adelante en tiempos difíciles y para alentar los sueños en tiempos de paz.

La Navidad es un cúmulo de fantasías, de realidades, de fe. En mi infancia las navidades fueron muy tradicionales y familiares. Era una época donde todos íbamos a celebrar a una sola casa, donde todos se veían, se juntaban, nadie contaba si recibía un regalo o cien, pero había galletas, dulces, abrazos y muchos besos de todos para todos.

Por supuesto, los tiempos cambian, ya no existen esas abuelas. Las madres jóvenes de otros tiempos son ahora las abuelas, y la familia se extendió de manera tal que comprensiblemente necesitaríamos un lugar más amplio para reunirnos.

Como es natural, cada familia se seccionó y ahora somos grupos de subfamilias. En el devenir del tiempo algunas actividades se perdieron; culpo a la transición por algunas de ellas y a la modernidad por otras.

Me encuentro entonces en pleno siglo XXI tratando de defender (porque es más difícil rescatar) importantes tradiciones de Navidad; esta es una época tan hermosa y que representa mucho más que un buen deseo o regalo.

Una persona muy valiosa en mi vida me enseñó que llevamos todo por partida doble: adentro y afuera (del alma). Desde que mis hijos crecieron he tenido que dejar de lado muchos detalles de la Navidad que ellos ya no quieren y que espero retomar algún día, si Dios me favorece con nietos. Y claro, los entiendo, ¡ya no son niños!

Pero mis hijos chocan con una gran piedra cuando llegamos al tema del arbolito. Es ahora cuando entramos en un tira y hala.

Mis hijos quieren tener un arbolito adornado como esos que están en los hoteles y en las tiendas, con bellos lazos, bolas y otras guirnaldas. Son hermosos en realidad, pero no son hogareños. Mi arbolito es sencillo y no tiene grandes ni ostentosos adornos, pero para mí es inmensamente rico. Se adorna con detalles que han permanecido en mi familia desde la infancia de mis padres (en la década de 1940), tiene ornamentos de los árboles de mi niñez y de los que hemos adquirido nosotros como familia. ¿Por qué voy a encajetar esos recuerdos?

La puesta del arbolito también es significativa. Tenemos un adorno que se ubica después de las luces: un par de ositos elevándose en un globo. Representan a mi esposo y a mí al aventurarnos a la vida familiar, con sus altas y sus bajas. Reunidos, cada puesta de un adorno en el arbolito lleva a hablar de él, recordar cómo llegó a la casa, contar historias y poner música.

Podemos pasar todo un día armando el arbolito y cada noche que entro a casa y lo veo acepto que quedó muy lindo, pues está lleno de mí, de mis memorias, de lo que tengo, de lo que he sido, y aún hay suficientes ramas para sostener lo que seré. Como la vida misma.

No sería lo mismo  si alguien viene y me lo pone, no sería igual que uno de almacén.

Sí, mi árbol cuenta una historia de mi vida, de mi familia. Acabo de darme cuenta de que tal vez por eso me aferro tanto  y para mí es tan importante mantenerlo lo más apegado a quien soy y a quienes somos como familia.

Como mi mamá hizo conmigo, cuando llegue el momento pasaré mi caja con adornos a mis hijos. Tal vez ellos los guarden y entonces me tocará escribir una historia para cada adorno, de manera que si algún día nace una nieta o nieto con la mente tan romántica y fantasiosa  como la mía, le dé por poner “cosas viejas” en su arbolito y que sirva para contar la historia familiar.

Motivos para conservar tradiciones familiares

La fe. Los valores. La fantasía. La unión. La magia. Creer. La esperanza. Amar. Perdonar.

Navidad es más que regalos. Es estar. Es levantarse y ver a los hijos en la cama y soñar para ellos un mundo mejor. Y es moverse a hacerlo.

Es estar allí y construir, y no dejar ir. Preservar es mejor que recuperar.

Este año gané mi batalla del arbolito. Finalmente me senté y le expliqué a mi hija todo lo que representa para mí y la familia ese momento de ubicar adornos, recordar historias y anécdotas.

Las tradiciones. Me aferro a ellas; a lo que queda; a los recuerdos. Al final solo eso somos. Solo eso nos queda.

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