De este lado del mundo la Navidad suena a panderos de villancicos, pero también a timbales, güiro, conga y campana. Hablo de salsa. No de la que se come, pero sí de la que pone sabor a la vida.
De niña nunca le presté mayor atención, quizás porque siempre, todas las navidades estaba allí. Salía de las bocinas del tamaño de una casa que tenía algún vecino, o se escuchaba en los buses “diablo rojo” de Panamá Viejo, y por supuesto en la radio.
Ahora le he tomado cariño. La salsa navideña habla de las fiestas como las celebramos en el trópico. Le canta a la gente que invita a un gran parrandón en casa donde no falta el lechón, las bebidas y tampoco los paracaídas. Donde siempre hay cama pa tanta gente, aunque esa gente se limpie con las cortinas y deje el baño como piscina. Habla de una tía María que guarda alcohol bajo la cama. Y si bien el resto del año no bebía, a las fiestas de fin de año no las perdonaba.
Héctor Lavoe, Ismael Rivera, Richie Ray y Bobby Cruz están entre los grandes que nos regalaron esta música. Mucha de ella tiene raíces puertorriqueñas. Una vez fui a Puerto Rico. Sentí como si caminara por una ciudad hermana de mi Panamá. Tal vez por el mar, por el Viejo San Juan, por su devoción por el béisbol y por esa chispa caribeña, esa picardía que ellos tienen y que es muy parecida a la nuestra.
Casi todas estas canciones se escribieron en las décadas de 1970 o 1980. ¡Uf! El tiempo voló. Por eso es que nos sacan una sonrisa nostálgica y el efecto de una brusquita en los ojos. No, no son lágrimas.
No importa dónde la escuche, termino imaginando una bocina ronca que repite mil cien veces: Asalto de Navidad. O sonrío si oigo: “Los que no venían han llegado ya, y los que venían han quedado atrás”.
Creo que la Navidad es disfrutar en familia, pero también es mirar de dónde venimos, qué nos hizo lo que somos. Y somos también la música que escuchamos mientras crecíamos. Y como esta música nos la compartieron nuestros padres, tíos o primos mayores, es como una herencia que atesoramos.
Si hoy tomo un taxi tarde en la noche conducido por un señor de edad mediana, quizás tenga a Héctor Lavoe como cantándole a él solito: “Se acerca la Navidad, y a todos nos va a alegrar, el jibarito cantando aires de felicidad”. A propósito: ¿qué es un jibarito? Seguro el taxista tampoco lo sepa, pero silbará la tonada. Y si es conversador me dirá: “ya no hacen música como esta”.
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