Cada año por estos días organizo una tamalada. Siempre pienso que la voy a repetir en julio y que será bautizada exactamente así: “la tamalada de julio”, pero eso jamás cuaja por distintas razones, y para cuando me acuerdo del plan ya es diciembre otra vez.
Como todo se me olvida, desde que empecé con esta tradición he documentado todo lo que involucra el proyecto. Que si en el año tal hicimos tantos tamales grandes, tantos medianos y tantos chicos, que si usamos tantas libras de maíz pilado y otras cuantas de cebolla, cebollina, perejil, ají dulce y demás ingredientes para los guisos. Que si mejor solo los hacemos gigantes.
Bien, en ese monumental documento de Excel tengo también anotados los precios de cada ingrediente, y hago constar que lo apunto solo por mortificarme a mí misma, pues los cambios que ocurren entre un día y otro son para tirarse del puente. Y ni hablar de la “escasez”, que para mí no es más que producto de la acción de esconder temporalmente los insumos para poder subirles el precio.
El año pasado, por ejemplo, conseguir el maíz pilado se convirtió en una aventura tipo Harry Potter. Visité varios pueblos interioranos cercanos; mi destino usual –Penonomé– para ir acumulando poco a poco libras del indispensable ingrediente que en 2010 había abundado a 0.40 centavos la libra, mientras que en 2011 se hizo difícil conseguir a 0.70 e incluso más caro. Este año lo mandé a buscar en noviembre y me costó 0.45 centavos la libra, y no puedo contarles cuánto cuesta hoy porque hasta ahora me han alcanzado las 50 libras que compré.
El ají dulce y el perejil son otra historia, porque la primera compra la hice a 1.50 la libra –y que conste que fue después de las inundaciones, así es que no podemos usar eso de excusa– y el viernes 15, una semana después, estaba a 3 balboas en el mercado de abastos. Gracias a Dios, como tengo la manía de estar alimentando el Excel, había anotado los precios del supermercado y sabía que estaba apenas unos centavos arriba de los 2 balboas, por lo que cancelé la compra en el mercado y me dirigí al súper, donde además hay aire acondicionado y otras comodidades.
Me entristece la terrible especulación que ocurre cada año para las fiestas con los insumos que se usan en la preparación de nuestros platos navideños. Ya pronto comerse un tamal será un recuerdo lejano de siglos pasados o tendremos que pagarlos a 10 balboas cada uno, porque a la velocidad que suben los precios no habrá cocinera que quiera armarlos por menos de eso. No de un tamaño decente por lo menos. Del guandú no quiero ni hablar, porque hace años dejé de comprarlo en diciembre y más bien me aprovisiono en enero y lo congelo.
Y de nada sirve quejarse, porque todos los oferentes se ponen de acuerdo en los precios y los demandantes nos lo aguantamos. ¡Feliz año! |