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Publicado el viernes 28 de diciembre de 2012
Edición No. 1188
Por la Sombrita
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Allí viene un ángel
Roxana Muñoz

Ángeles son las personas que cuando ven que se nos está escapando un error, nos dan la voz de alerta.

 

Acabo de llegar a la oficina y descubro que la señora Gloriela me ha borrado otra vez, ¡sí, otra vez! mi agenda. Hablo de los números de teléfono que ayer había apuntado con lápiz en la fórmica de mi escritorio. ¡Ay, verdad! Yo le dije que los limpiara, a ver si dejo esa fea costumbre de rayar las mesas. No lo hacía en la escuela y ahora lo hago en el trabajo. Vea pues.

A veces ella me pregunta: “¿no quiere que le friegue bien esa taza? Se la dejo blanquita”. Me señala con la boca el pobre recipiente al que en la semana le echo café, té y luego lo mal enjuago hasta que adquiere un color parduzco. La pobre está mortificada porque esa cosa incierta pegada a la taza va a mi estómago cada vez que tomo algo en ella. Hoy he pensado que la señora Gloriela es de esas tantas personas que son buenas conmigo solo porque sí.

Creo que los ángeles existen. No como apariciones ni como seres con alitas. Pero están en todos lados. A veces hay hasta que espantarlos como los mosquitos. No, mentira. No los espantemos. Ángeles son las personas que cuando ven que se nos está escapando un error en nuestro trabajo nos dan la voz de alerta. O aquellos que se dan cuenta de que dejamos abierta la puerta del carro y nos avisan. Es aquel colega que medio conoces, pero en el pasillo te saluda con aprecio y por un ratito te hace sentir que el mundo está bien. O la amiga que te halaga: “¡vas muy guapa!”. Y somos tan malucas en responder: “Niña, sí este trapo tiene como mil años”. Allí espantamos al ángel.

Cerca de mi trabajo hay una vecina sordomuda, pero vieran cómo conversa. Siempre  me tiene un cuento sobre la lluvia, el calor o los gatos del barrio. Después de tanto tiempo sé que el cuento  va de eso. A veces la despacho rápido porque voy tarde. Pero ¿cuántos de nosotros, pudiendo hablar hasta por los codos, decidimos enconcharnos en nuestro mundo,  ahorrarnos hasta un “buenos días” y no compartir con nadie? ¿Para qué?

Milagros es un ángel que conocí en la oficina de relaciones públicas del Instituto Oncológico. A veces paso tiempo sin verla, pero siempre me saluda con alegría. Sus papás escogieron bien su nombre. Una vez me contó que las mujeres gunas de una comunidad aledaña a Veracruz estaban apuradas por conseguir la camisa de cierto doctor. “Estas señoras como que creían que yo podía llegar a su casa, abrirle el armario y sacarle una camisa”, me contaba muerta de la risa.

¿Saben para qué la querían? Para entre todas bordarla y así agradecer las visitas  que el médico hacía gratis a la comunidad.

Cuando ella me contó esto, hace tiempo, la esposa del doctor aún no había traído la camisa. Milagros se la había pedido y la iba a hacer llegar a las señoras. Nunca supe en qué terminó. Pero pensar que hay doctores tan dedicados  y que las mujeres gunas guardan tradiciones de tanta belleza y sabiduría me hizo pensar que si no estamos viendo a los ángeles caminar entre nosotros es porque estamos ciegos del corazón.

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