| ¿Tú no te ibas?
Julieta de Diego de FÁbrega
Hace rato que yo no ando en las calles por la noche llevando y trayendo niños a eventos. Mis hijos crecieron y llevan sus propios cuerpos a los lugares, excepto una que otra vez, que recurren a mis servicios de taxista.
Sin embargo, basta que alguien mencione el tema para que vengan a mi memoria todas aquellas noches que me acosté vestida y con el despertador en la oreja para lograr llegar a tiempo a uno o varios destinos cada noche que, inexorablemente, se convertían en muchos, pues en cada parada se iba subiendo al auto un reguero de pelaítos que no tenían cómo regresar a casa.
No descarto que algún día me vuelva a tocar ‘choferear’ de noche, pues veo que cada vez más las abuelas están contribuyendo a facilitar un poco la ajetreada vida de sus hijos y se ofrecen para llevar o recoger a los nietos. Lo magnífico de esta tarea es que como abuelas que son –mamás de los padres de las criaturas– tienen el derecho de cuestionar a sus vástagos sobre los permisos otorgados, ya que definitivamente son más y mucho más amplios que los que ellas –las abuelas– alguna vez dieron.
No tengo que explicarles que esto se debe a que hoy los niños empiezan más temprano con todo. Los cumpleaños ya poco se celebran en parques o en la casa; ahora son en discotecas, incluso para niños de 10 años. La hora de volver a casa ha pasado de ser en la noche para entrar en la madrugada del día siguiente, y por ahí nos vamos.
Una de las pocas cosas que no ha cambiado en lo que se refiere a los pre adolescentes y adolescentes es que detestan que sus amistades los vean con un adulto. Llámese éste padre o abuelo. Hay que dejarlos en la puerta más lejana y recogerlos, si es posible, en la calle, para que nadie se entere de que –como es lógico– dependen de estos adultos para transportarse.
A veces los papás ‘necesitan’ saber un poquito más sobre el evento. Quieren volver a casa o entrar al cine a matar tiempo con la seguridad de que ‘alguien’ con más de 15 años está a cargo de la tropa y acompaña a su hijo/a hasta la entrada misma del sitio donde se va a quedar. De repente hasta cometen la insolencia de preguntar ¿dónde están los padres del cumpleañero? ¡Uy! De acuerdo a los chicos que sufren este agravio, eso los dejará marcados socialmente de por vida.
Todos sabemos que no, pero ellos no se enterarán hasta que tengan sus propios hijos.
Cada chico tiene una forma diferente de convencer a sus padres de que no se acerquen a la fiesta. Están los dramáticos que amenazan casi con tirarse de un puente; también encontramos a los llorones que se van en un solo ¡ay!, exponiendo todas sus razones; no faltan los malcriaditos que ‘rofean’ a sus papás porque saben que aquello de que el que se pone malcriado no va a la fiesta ya es cosa del pasado.
Están también los muy educados que de manera finísima dan a los adultos la indicación de partir. Me cuenta una amiga que hace poco le tocó hacer uno de estos viajecitos que cuando el personaje que fue a depositar en la fiesta la vio muy cerca del meollo le preguntó ¿tú no te ibas?
La personita probablemente no ha caído en cuenta de que esta sencilla pregunta en el lenguaje de los adultos tiene serias implicaciones. En primer lugar quiere decir ‘me da vergüenza que me vean contigo’; en segundo lugar significa ‘estás rompiendo la promesa que me hiciste de no llegar conmigo hasta la fiesta’ y, por otro lado, también está diciendo ‘yo soy grande’ –o me creo grande– porque sabemos que no lo es.
Parece mentira que un niño de 12 años pueda, con cuatro palabras, darnos material suficiente para escribir un tratado de psicología. |