Publicado el viernes 14 de octubre de 2005 - Edición No. 814 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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Apocalipsis hoy

Julieta de Diego de Fábrega

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No hay duda de que hoy en día ver las noticias por televisión es más aterrador que una película de Stephen King. Las escenas de los desastres naturales que ocurren día de por medio son espeluznantes. Huracanes e inundaciones ocurren con la misma frecuencia que la salida del sol. Los expertos repiten una y otra vez que estamos acabando con la Tierra y todos nos quedamos tan tranquilos.

Seguimos malgastando los recursos naturales que tan generosamente nos ofrece el planeta en que nos ha tocado vivir y en cierta forma somos como los adolescentes que piensan que son indestructibles. Quizá hace 50 ó 60 años los daños se ocasionaban de forma inocente, pues los científicos aún no habían descubierto que los gases que se usaban para poner a trabajar las refrigeradoras o los sprays que nos echábamos en el cabello le hacían daño a la capa de ozono, pero esa no es la situación hoy.

La ciencia avanza a pasos agigantados y con esto de la libertad de prensa y demás, ya nadie se queda callado. Yo me imagino que estas personitas que saben lo que puede pasar en 10 ó 15 años si mantenemos el ritmo actual de destrucción deben pasar noches terribles soñando con el fin del mundo.

Para las personas como nosotros, que vivimos en un país privilegiado, en el que no hay terremotos ni huracanes, es aún más difícil manejar el concepto. Todo luce tan lejano. Pero, no nos engañemos, nuestras acciones se suman a las del resto de los habitantes del planeta y contribuyen a su deterioro.

Veo, por ejemplo, que los estudiantes se lanzan a la calle a protestar por el aumento del costo de la canasta familiar –y comprendo su preocupación–, pero lo que no entiendo es cómo personas que supuestamente tienen un grado superior de educación no visualizan la magnitud del gasto adicional de combustible que sus acciones ocasionan. Por combatir un mal, ocasionan uno mayor.

Cada vez que cae un aguacerito, vemos cómo los ríos y quebradas bajan hartos de desperdicios, desperdicios que alguien tiró en sus orillas porque era más fácil que llevarlos al tanque de la basura o a Cerro Patacón, porque si se fijan bien, bajan sillas, mesas, pedazos de refrigeradoras y otros artículos diversos. A nadie le importa. Año tras año veo que ANCON organiza limpiezas de ríos y playas, pero no veo que la gente deje de ensuciarlos. Claro, es más fácil que otro recoja.

Quizá sería prudente incluir en el programa escolar materias como ecología, para que los niños aprendan desde pequeños que lo que no se cuida se daña. A mí ya no me quedan tantos años por esta tierra, pero quisiera que mis hijos y nietos pudieran vivir sin sobresaltos, y todo parece indicar que no será así.

Esto de cuidar la Tierra es un poco como mantener la casa en orden. Seguramente a nadie le gusta llegar al hogar para encontrar que el piso está lleno de papeles o que los basureros se desbordan sin que nadie se preocupe por vaciarlos. Lo mismo que hacemos a pequeña escala tenemos que hacerlo más grande, primero con el barrio, luego con el corregimiento, la provincia, el país y el mundo.

Si cada uno cuida su pedacito de tierra, al final terminaremos con un planeta hermoso, bien arropadito con una capa de ozono que nos protegerá por cientos de años más. Bajaría la incidencia de cáncer, los vientos huracanados no tendrían de dónde sacar fuerzas y en general todos andaríamos felices como lombrices.

Pero, por lo que oigo hablar en la tele, no hay tiempo que perder. Hay que empezar a ordenar inmediatamente antes de que sea muy tarde y estemos ahogados en basura y hayamos gastado todo el combustible para movernos de un lugar a otro.



 
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