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Fagot en las venas
Andrea Merenzon
Desde su cuna, fue arrullada por la música del fagot. Su padre fue su primer maestro y ahora una de sus más jóvenes estudiantes es su hija. Vannie Arrocha
A pesar de que estuvo en Panamá el pasado mes de septiembre, muchos no la conocieron. Lo cual no es de extrañar pues dentro de los instrumentos musicales, los de doble caña -que es el caso del fagot y el oboe- tienen la particularidad de ser poco conocidos, y, por ende, sus interpretes heredan la misma suerte.
Sin embargo, para los estudiantes centroamericanos de fagot reunidos en Panamá por el segundo Festival de Doble Cañas de Centroamérica, México y el Caribe, la fagotista argentina Andrea Merezon fue su heroína. De hecho, los chicos se rehusaron a salir del aula donde se realizaba la entrevista pues deseaban saber lo que su profesora tenía que contar.
Su padre, Alberto Saúl Merenzon, hizo de la música su profesión. “Toda la vida vivimos de la carrera musical de mi padre”, expresa Andrea. De tres hermanos, ella es la única que ha seguido una carrera artística. Su curriculum tanto académico como profesional es extenso: su primer maestro fue su padre, estudió con él durante tres años, luego, se fue a Estados Unidos a perfeccionar técnicas de estudios.
Dentro de sus maestros figuran Mariano Froggioni, Sidney Rosemberg, K. Thunemann y Nöel Devos. A los 22 años regresó a su país y, al poco tiempo, formaba parte de la Orquesta Filarmónica del Teatro Colón de Buenos Aires, de la cual aún forma parte.
Con sabor propio
Cansada de las frías felicitaciones que recibía al finalizar una presentación, decidió lanzarse en la búsqueda de tocar algo más emotivo. “Te daban una palmada en la espalda y decían ‘qué interesante esta obra”. Ella explica que como son obras muy intelectuales, un conocedor sólo analiza si está bien escrita, pero hay cero emoción y que le causaba dolor gastar un año entero en duros ensayos y dejar la vida en el escenario para recibir un ‘qué
interesante’.
Todavía hoy muchos no entienden cómo una fagotista se dedica a tocar música popular, por ejemplo, los tangos de Astor Piazzola -que interpretó aquí- cuando el fagot es un instrumento vinculado solo a la música clásica.
“Llevo 25 años de tocar el fagot y sólo 14 años de hacer lo que realmente quiero”, señala Andrea Merenzon. Para llegar al producto final, habló con compositores y les explicó sus ideas: “buscar en las raíces folclóricas latinoamericanas, darles esa consistencia y estructura necesarias para subirlas a un escenario y acompañarlas de una sinfónica”.
Ha recibido críticas por su osadía, pero, el mes pasado, recibió la gran noticia de que su disco “Riberas” está nominado al Grammy en el rubro de los mejores cinco discos de música clásica.
Promotora de la doble caña
Merenzon cree que los latinoamericanos tienen un talento muy especial, por naturaleza, para el arte en general. “Tienen emotividad y sensibilidad, pero su defecto está en que no tienen disciplina para estudiar cuatro horas diarias, algo que sí tienen los europeos”, comenta.
Ella se califica como una promotora nata, y ha realizado en Buenos Aires siete festivales y un congreso internacional. En la actualidad, junto a su padre dirigen El dorado (www.eldorado.org.ar) que es una asociación que promueve la cultura sin fines de lucro y que no recibe subsidio del estado. En 1995, se concretó la idea, pero el proyecto había estado en su mente por varios años.
Andrea expresa que vino a Panamá a dar su contribución con este segundo Festival de Doble Cañas, pues se identifica con el profesor Juan Castillo, quien organiza este evento. “Yo sé lo que cuesta realizar un congreso, un festival; me reconozco en él, porque se lo que es querer contribuir en algo con los jóvenes y tener que hacerlo casi sin apoyo”.
Sobre la apreciación del arte por parte del público en Panamá, ella comenta que “nadie puede saber si no le gusta la música clásica, si no la ha escuchado; si todos los niños de Panamá tuvieran acceso a la música clásica y, después, decidieran que no les gusta, está bien.
En Argentina, algunos gobernantes le dieron la importancia requerida al arte y por eso contamos, por lo menos, con las infraestructuras necesarias. Creo que aquí los gobernantes no le han dado la suficiente importancia”.
Andrea se ha empeñado en darles opciones culturales a los jóvenes de su país; en este momento está coordinando los últimos detalles del V Encuentro Internacional de Orquestas Juveniles. “Los jóvenes deben tener más opciones que la educación de actos terroristas que le estamos mostrando”, expresa la fagotista.
Con respecto al ímpetu de los chicos centroamericanos que viajaron hasta tres días seguidos en un bus para llegar al festival en Panamá, ella dice: “Yo conozco muy bien esa sensación, conozco la pasión que nos moviliza a ciertas edades, las ganas de hacer algo, yo pasé en mi juventud diez días en un bus y, por suerte, a mis 42 años sigo siendo una apasionada”.
Fuera de los ensayos y escenarios, Andrea lleva una vida familiar: su esposo y dos hijos, Cristian y Nadia. “Mis amigos llegan a la casa y se quedan maravillados de que mi hija, muy parecida a mí pero más bonita, la encuentren con un fagot tratando de aprender. Se ve tan graciosa esa imagen de madre e hija tocando el mismo instrumento y en lo personal me satisface”.
Ella cuenta que si por algún accidente tuviera que dejar de tocar el fagot, no se acabaría su vida profesional, se dedicaría a la producción. Es más, después de los 50 años se ve produciendo, no tocando.
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