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Cierre de operativo
boda
Julieta de Diego
de Fábrega
Cuando uno se pasa
varios meses organizando un evento y llega el día y pasa el evento,
la vida queda como medio desordenada en todo sentido. En primer
lugar, cuesta trabajo dormir, pues el cuerpo ya se ha acostumbrado
a caer en la almohada en la madrugada y a pesar del cansancio uno
anda con el biorritmo al revés.
A la casa en general
creo que le tomará varios meses volver a la normalidad, pues todo
se va “guardando” para que no se note el desorden y ahora resulta
que de a vainilla encuentro mi ropa. Supongo que a mis hijos les
pasará lo mismo. Más encima, con los carnavales a la vuelta de
la esquina hay que planificar la huída de la capital y eso no es
fácil cuando uno no sabe dónde están las maletas donde se supone
que debe empacarse la ropa.
Mi estómago ha vuelto
a despertar del letargo en que estaba y no sé si eso es bueno o
malo, pero por lo menos me indica que estoy viva. Es mucho más
que lo que hace el resto de mi cuerpo que todavía está derrengado.
Y cada vez que recuerdo que me faltan tres más de estas cosas me
entra un pánico terrible, pues con una boda no sólo se preocupa
uno de que todo salga bien, sino de que el resto de la vida de
estas jovencitas que hemos criado con tanto cariño sea bueno.
Yo pasé por un divorcio
y puedo dar fe y testimonio de que es una experiencia muy dolorosa
y no se la deseo a nadie, mucho menos a mis hijos. Evitarla no
es fácil pues a pesar de todos los consejos que uno les da, los
muchachos tienen mente propia y cuando dicen por aquí, es por aquí.
Cuando yo tenía como
quince años mi papá reunió un día a sus cuatro hijas mujeres y
nos dijo, palabras más, palabras menos: que si no queríamos no
teníamos que casarnos nunca. Que podíamos quedarnos a vivir con él
toda la vida. Por supuesto, aquel discurso nos pareció totalmente
ridículo en el momento. Era la época de enamorarse y quedarnos
toda la vida bajo su ala no era una opción.
Más adelante, cuando
cada una tomó la decisión de casarse, sacó un momento para sentarse
con nosotras y decirnos que las bodas se pueden cancelar en cualquier
momento. Que ante el más remoto signo de arrepentimiento lo único
que hay que hacer es decir no. Que no había dinero gastado que
valiera más que la felicidad duradera.
Ahora que soy madre
entiendo su proceso de pensamiento y le repito lo mismo a mis hijos.
No sé si pensarán que soy una vieja loca –como alguna vez pensé de
mis padres– pero creo que es mi responsabilidad informarles que
es mejor arrepentirse antes que después.
El matrimonio es
una empresa complicada que requiere de muchas horas de trabajo,
de mucho sacrificio y de mucha madurez. Gracias a Dios, hoy en
día los muchachos no se casan siendo bebés como hacíamos nosotros.
Eso es un poroto que pongo a su favor. Pero por otro lado, veo
también que hay poca tolerancia en la juventud y al primer obstáculo
los cónyuges empaquetan sus pertenencias y abandonan el recién
construido nido.
Les comento que ahora
tendré que empezar a descifrar el nuevo rol que me ha asignado
la vida: el de suegra. No lo tengo muy claro todavía así es que
me tocará hacer múltiples consultas con quienes me llevan cancha
por delante. Creo que me gustaría más saltarme ese paso y simplemente
convertirme en abuela, que suena mucho más divertido. Pero una
cosa viene casada con la otra, así es que ya les contaré cómo me
va.
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