Publicado el viernes 11 de febrero de 2005 - Edición No. 774 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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DIARIO DE MAMA

Cierre de operativo boda

Julieta de Diego de Fábrega

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Cuando uno se pasa varios meses organizando un evento y llega el día y pasa el evento, la vida queda como medio desordenada en todo sentido. En primer lugar, cuesta trabajo dormir, pues el cuerpo ya se ha acostumbrado a caer en la almohada en la madrugada y a pesar del cansancio uno anda con el biorritmo al revés.

A la casa en general creo que le tomará varios meses volver a la normalidad, pues todo se va “guardando” para que no se note el desorden y ahora resulta que de a vainilla encuentro mi ropa. Supongo que a mis hijos les pasará lo mismo. Más encima, con los carnavales a la vuelta de la esquina hay que planificar la huída de la capital y eso no es fácil cuando uno no sabe dónde están las maletas donde se supone que debe empacarse la ropa.

Mi estómago ha vuelto a despertar del letargo en que estaba y no sé si eso es bueno o malo, pero por lo menos me indica que estoy viva. Es mucho más que lo que hace el resto de mi cuerpo que todavía está derrengado. Y cada vez que recuerdo que me faltan tres más de estas cosas me entra un pánico terrible, pues con una boda no sólo se preocupa uno de que todo salga bien, sino de que el resto de la vida de estas jovencitas que hemos criado con tanto cariño sea bueno.

Yo pasé por un divorcio y puedo dar fe y testimonio de que es una experiencia muy dolorosa y no se la deseo a nadie, mucho menos a mis hijos. Evitarla no es fácil pues a pesar de todos los consejos que uno les da, los muchachos tienen mente propia y cuando dicen por aquí, es por aquí.

Cuando yo tenía como quince años mi papá reunió un día a sus cuatro hijas mujeres y nos dijo, palabras más, palabras menos: que si no queríamos no teníamos que casarnos nunca. Que podíamos quedarnos a vivir con él toda la vida. Por supuesto, aquel discurso nos pareció totalmente ridículo en el momento. Era la época de enamorarse y quedarnos toda la vida bajo su ala no era una opción.

Más adelante, cuando cada una tomó la decisión de casarse, sacó un momento para sentarse con nosotras y decirnos que las bodas se pueden cancelar en cualquier momento. Que ante el más remoto signo de arrepentimiento lo único que hay que hacer es decir no. Que no había dinero gastado que valiera más que la felicidad duradera.

Ahora que soy madre entiendo su proceso de pensamiento y le repito lo mismo a mis hijos. No sé si pensarán que soy una vieja loca –como alguna vez pensé de mis padres– pero creo que es mi responsabilidad informarles que es mejor arrepentirse antes que después.

El matrimonio es una empresa complicada que requiere de muchas horas de trabajo, de mucho sacrificio y de mucha madurez. Gracias a Dios, hoy en día los muchachos no se casan siendo bebés como hacíamos nosotros. Eso es un poroto que pongo a su favor. Pero por otro lado, veo también que hay poca tolerancia en la juventud y al primer obstáculo los cónyuges empaquetan sus pertenencias y abandonan el recién construido nido.

Les comento que ahora tendré que empezar a descifrar el nuevo rol que me ha asignado la vida: el de suegra. No lo tengo muy claro todavía así es que me tocará hacer múltiples consultas con quienes me llevan cancha por delante. Creo que me gustaría más saltarme ese paso y simplemente convertirme en abuela, que suena mucho más divertido. Pero una cosa viene casada con la otra, así es que ya les contaré cómo me va.



 
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