|
Días de gimnasio
ILEANA PÉREZ BURGOS
Al momento de escribir
esto me duele todo, menos el cabello. Es como si me hubieran metido
en una lavadora en el ciclo rápido o decidieran recordarme, a punta
de dolor, todos los músculos que tengo en el cuerpo, hasta el más
pequeño. La razón de este repentino quebranto es el gimnasio. Hoy
estoy en mi día seis de ejercicios, y cuando lean esto, espero
estar –si mi fuerza de voluntad aguanta– en el día 13, y para entonces
espero no me duela nada. Y no soy la única de las chicas fucsias
que anda adolorida.
Todo comenzó a mediados
de enero, deprimidas por las libras ganadas en diciembre y en años
anteriores, nos declaramos, cada una en diferentes momentos, con
intenciones de cambiar la situación. Así que ideé un concurso dentro
del departamento.
“¿Quién quiere ser
buenona?”, pregunté, y a aquella que decía “sí”, automáticamente
quedaba registrada como concursante. Somos seis en este quest,
que es casi como el de Frodo y Sam.
Creé un sistema de
puntos: + 20 por venir maquillada, - 10 por comerse una bolsita
de burundangas, + 30 por media hora de ejercicio, - 10 por comer
dulce que no sea de cumpleaños, + 10 por botella de agua tomada,
- 5 por tomar soda que no sea de dieta, y así nos vamos. Nombramos
a Luis Julio juez del concurso, con la tarea de pasar revisión
de puesto en puesto todos los días. El concurso terminaría en junio,
pero había premios incentivos. Al final de cada mes, la que obtenía
mayor puntaje sería invitada a almorzar por el resto.
Nuestro objetivo
era unirnos y apoyarnos en la difícil tarea de ponernos en forma
y andar arregladas. Ayuda tener una amiga, o varias, que la saquen
a una de la pereza y la rutina. El entusiasmo duró unos cuatro
días. El juez dejó de corregir, comenzamos a llegar sin maquillaje
otra vez, de pronto aparecía por allí alguna soda no diet,
y cuando acordamos pasaron dos semanas sin que nadie apuntara nada
en el tablero.
Esther encontró fallas
en el sistema de puntaje. Manifestó que no importaba quién tenía
más puntos, sino quién perdía más peso, y exigía que se trajera
una pesa a la oficina para el antes y el después. ¡¿Qué?! ¿Para
que se entere todo el mundo en la oficina de cuánto peso? Sobre
mi cadáver. Nadie trajo la pesa, pero tampoco nadie siguió llevando
los puntos. Seguimos frescas.
Pero hace una semana,
el quest por ser buenonas dio un vuelco a positivo. Abrió el
gimnasio frente al periódico, y en silencio, sin comentarlo con
los compañeros, varios nos inscribimos. Una mañana mientras estaba
montaba en la ‘elíptica’, veo a Esther entrar a los aeróbicos.
Nos reímos. Otra vez estábamos en el mismo bote, remando, remando
hacia Mordor. Toda esta semana hemos andado caminando como vaqueras
y con unas ojeras que nos dan a la quijada, pues no hemos fallado
ni una mañana.
Además, Lineth regresó de
vacaciones, y por su férrea ética y dolorosa honestidad, Solangel
enseguida la nombró la nueva juez del concurso. Es tan dura que
no te da puntos por haber comida ensalada en el almuerzo, si además
de eso comiste arroz con guandú. Es inclemente con el cálculo de
lo que representa una botella de agua, y no falla un día en hacer
el chequeo. Yo no quiero ni mirar el tablero porque he estado bien
en ejercicio, pero en lo demás... Mmm.
Si algo les puedo
decir es que ser buenona –que en nuestro caso es vernos lo mejor
que podamos en el cuerpo que Dios nos dio– cuesta... y muchoooo.
Cuesta horas de sueño, dolor muscular, sudor incesante, jadeos
a los 45 minutos, muchas exhalaciones...
Todavía no cantamos
victoria. Apenas llevamos una semana de ‘buena conducta’ y de camino
derechito a la meta. Espero en unos dos meses poderles dar buenas
noticias.
|