Publicado el viernes 11 de febrero de 2005 - Edición No. 774 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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LA VIDA EN FUCSIA

Días de gimnasio

ILEANA PÉREZ BURGOS

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Al momento de escribir esto me duele todo, menos el cabello. Es como si me hubieran metido en una lavadora en el ciclo rápido o decidieran recordarme, a punta de dolor, todos los músculos que tengo en el cuerpo, hasta el más pequeño. La razón de este repentino quebranto es el gimnasio. Hoy estoy en mi día seis de ejercicios, y cuando lean esto, espero estar –si mi fuerza de voluntad aguanta– en el día 13, y para entonces espero no me duela nada. Y no soy la única de las chicas fucsias que anda adolorida.

Todo comenzó a mediados de enero, deprimidas por las libras ganadas en diciembre y en años anteriores, nos declaramos, cada una en diferentes momentos, con intenciones de cambiar la situación. Así que ideé un concurso dentro del departamento.

“¿Quién quiere ser buenona?”, pregunté, y a aquella que decía “sí”, automáticamente quedaba registrada como concursante. Somos seis en este quest, que es casi como el de Frodo y Sam.

Creé un sistema de puntos: + 20 por venir maquillada, - 10 por comerse una bolsita de burundangas, + 30 por media hora de ejercicio, - 10 por comer dulce que no sea de cumpleaños, + 10 por botella de agua tomada, - 5 por tomar soda que no sea de dieta, y así nos vamos. Nombramos a Luis Julio juez del concurso, con la tarea de pasar revisión de puesto en puesto todos los días. El concurso terminaría en junio, pero había premios incentivos. Al final de cada mes, la que obtenía mayor puntaje sería invitada a almorzar por el resto.

Nuestro objetivo era unirnos y apoyarnos en la difícil tarea de ponernos en forma y andar arregladas. Ayuda tener una amiga, o varias, que la saquen a una de la pereza y la rutina. El entusiasmo duró unos cuatro días. El juez dejó de corregir, comenzamos a llegar sin maquillaje otra vez, de pronto aparecía por allí alguna soda no diet, y cuando acordamos pasaron dos semanas sin que nadie apuntara nada en el tablero.

Esther encontró fallas en el sistema de puntaje. Manifestó que no importaba quién tenía más puntos, sino quién perdía más peso, y exigía que se trajera una pesa a la oficina para el antes y el después. ¡¿Qué?! ¿Para que se entere todo el mundo en la oficina de cuánto peso? Sobre mi cadáver. Nadie trajo la pesa, pero tampoco nadie siguió llevando los puntos. Seguimos frescas.

Pero hace una semana, el quest por ser buenonas dio un vuelco a positivo. Abrió el gimnasio frente al periódico, y en silencio, sin comentarlo con los compañeros, varios nos inscribimos. Una mañana mientras estaba montaba en la ‘elíptica’, veo a Esther entrar a los aeróbicos. Nos reímos. Otra vez estábamos en el mismo bote, remando, remando hacia Mordor. Toda esta semana hemos andado caminando como vaqueras y con unas ojeras que nos dan a la quijada, pues no hemos fallado ni una mañana.

Además, Lineth regresó de vacaciones, y por su férrea ética y dolorosa honestidad, Solangel enseguida la nombró la nueva juez del concurso. Es tan dura que no te da puntos por haber comida ensalada en el almuerzo, si además de eso comiste arroz con guandú. Es inclemente con el cálculo de lo que representa una botella de agua, y no falla un día en hacer el chequeo. Yo no quiero ni mirar el tablero porque he estado bien en ejercicio, pero en lo demás... Mmm.

Si algo les puedo decir es que ser buenona –que en nuestro caso es vernos lo mejor que podamos en el cuerpo que Dios nos dio– cuesta... y muchoooo. Cuesta horas de sueño, dolor muscular, sudor incesante, jadeos a los 45 minutos, muchas exhalaciones...

Todavía no cantamos victoria. Apenas llevamos una semana de ‘buena conducta’ y de camino derechito a la meta. Espero en unos dos meses poderles dar buenas noticias.



 
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